
Ilustración de Doug Gilbert
Introducción
A
lo largo de los últimos años en Occidente, el sufismo, como senda de amor y de
realización espiritual, ha captado el interés no sólo de los círculos
académicos sino también de un gran número de personas en busca de una vía de
desarrollo y de perfección interior. Se han traducido muchos de los textos de
los maestros sufíes a las lenguas occidentales, y se celebran cada día
numerosos seminarios sobre la doctrina sufí tanto en ambientes religiosos como
universitarios. La literatura, en especial la poesía, y la música sufíes tienen
un especial atractivo para los amantes de estas artes.
En paralelo con este florecimiento del sufismo en el mundo
occidental han ido apareciendo, especialmente en España debido a su largo
historial sufí y por ser la tierra natal de algunos grandes maestros —como Ibn
`Arabi, Abu Madian, Abu Sa`ud al-Andalusi, etc.—, bastantes personas que se
auto-proclaman maestros y numerosos centros que ofrecen cursillos y talleres de
fin de semana cuyo único propósito es la fama y el enriquecimiento propio. En
este “bazar espiritual” podemos encontrar a un grupo de personas sin
escrúpulos, muchos de ellos procedentes de países de Oriente y de África en los
que existe la tradición sufí, que por el mero hecho de tocar un instrumento
musical y de dar charlas absurdas y extravagantes sobre el sufismo y las
experiencias interiores, se erigen en maestros, y no sólo de una sola orden
sino de varias órdenes sufíes a la vez, cuando algunos de ellos no han sido
siquiera admitidos en una orden sufí en su propio país. Qué bellamente advertía
Rumi a los buscadores, hace casi ocho siglos, contra estos falsos guías
espirituales:
Tú eres
discípulo y huésped de alguien
que con su
mezquindad te roba el fruto de tu vida.
No posee
fuerza,¿cómo puede volverte fuerte?
no emana de
él luz alguna, sino que oscurece más tu mente.
Privado de
luz propia,¿cómo podrá a la gente
iluminar
con su compañía?
Cual ciego
es, que quiere curar tus ojos
y no hace
sino dañarlos.
De Dios no
hay ni aroma ni signo alguno en él,
pero
presume de ser más elevado que Adán.
Critica con
palabras a Bayazid y, sin embargo,
vergüenza
de su interior siente gente como Yazid.
Ha robado
las palabras de los darwishes,
para
aparentar ser alguien importante.
Hasta el
diablo se niega a desvelarle su rostro
y, sin
embargo, él se proclama el más cercano a lo Divino.
Pobre de
él, de todo el alimento del cielo
Dios no le
ha arrojado ni un solo hueso.
Él canta:
“¡Vosotros los simples, que sufrís hambre!
alimentaos
del banquete vacío de mi generosidad”.
Durante
años, con la promesa del mañana,
le ha
rodeado la gente, y nunca llega ese mañana.
Son
necesarios años, para que su interior
se
manifieste, revelando su verdadero valor.
Mas,
cuando, finalmente el discípulo descubra su vanidad,
será tarde,
porque se le habrá escapado la vida.
Recuerdo que una vez llegó a mis manos el folleto de un
curso de un maestro (permítanme no decir de qué país) donde se le presentaba
como maestro de cinco órdenes sufíes. ¡Imagínense, aun cuando no sea un ejemplo
muy exacto, a un occidental que vaya a un país oriental, y proclamándose
superior de varias órdenes cristianas a la vez, sin ser quizás miembro de
ninguna de ellas, imparta cursos y celebre talleres de fin de semana!
En este engaño tienen también un lugar especial las llamadas
“música y danza sufíes”, en donde encontramos cursos que ofrecen desde baile
del vientre hasta giros de los sufíes, ignorando que lo que exteriormente
parece una danza, a los ojos de los profanos, es el fruto del ardor del amor en
el corazón del sufí, y
que la música es un medio para elevar este fuego interno y ayudar al sufí
enamorado a enfocar mejor su atención en el Amado.
Con ello no quiero decir que ir a un concierto de música o
baile sufíes sea una equivocación. Todo lo contrario, como cualquier otro
concierto es bello y aporta paz a la persona. A lo que me refiero es que el
buscador no debe permitir que bajo pretexto de un taller o de un concierto le
engañen prometiéndole experiencias místicas, o que tome ciegamente al músico o
al cantante por un maestro espiritual. En toda la historia del sufismo en
Oriente no encontramos ningún documento o texto que hable de algún maestro sufí
que fuera de ciudad en ciudad, en busca de discípulos, dando conciertos musicales y celebrando
bailes.
Muchos de los maestros sufíes, en especial los persas y los
influidos por el sufismo persa, han utilizado y utilizan la poesía amorosa y la
música en sus reuniones,
pero al mismo tiempo advertían sobre los efectos no deseados que tales celebraciones
podrían originar en los no iniciados y en los discípulos que todavía no habían
alcanzado un grado determinado de desarrollo espiritual. Hasta tal punto que ni
siquiera permitían que todos sus discípulos participaran en estas reuniones. El
mismo Rumi recordaba a sus discípulos:
No creas
que la danza consiste en levantarse,
o
abandonando el círculo, sin pena del amor, levantarse.
Danzar es
alejarse de este mundo y del otro,
rasgar el
corazón y de lo hondo del alma levantarse.
El sufismo es una vía practica de perfeccionamiento interior
basada en una relación interior entre el discípulo y su maestro. Son necesarios
largos años de dedicación y de compromiso; es amor y anhelo del corazón por el
Amado, y cariño y servicio hacia Sus criaturas. Nadie puede pretender una
transformación y un perfeccionamiento interior mediante cursos y talleres, y
mucho menos sin la guía de quienes hayan recorrido esta Senda con anterioridad,
y sin la dirección de un maestro auténtico.
A lo largo de la historia sufí muchos de los maestros han
advertido a los buscadores, una y otra vez, sobre el peligro que corren tanto
cuando se convierten en discípulos de los que se auto-proclaman guías
espirituales, como cuando, sin sentir la llamada del amor divino y simplemente
por la atracción externa de las prácticas de los sufíes, imitan sus actos o
deciden emprender esta Senda por sí solos. Tales advertencias son frecuentes en
los textos de la casi totalidad de los maestros sufíes.
El texto que a continuación les presento es una pequeña muestra
de la obra Qalat ol-sālekin (Las equivocaciones de los viajeros)
del maestro Ruzbahān Baqli, originario de la ciudad de Shirāz
(suroeste de Irán), uno de los maestros más venerados del siglo XII d. C. y con
quien se dice que el sufismo amoroso persa alcanzó su más alta cumbre.
El texto es de por sí bastante aclaratorio, por lo que no
considero preciso añadir nada a las palabras del maestro.
Con la esperanza de que las palabras de Ruzbahān sean
la luz que ilumine el camino, no sólo de los buscadores sino también de los que
viajan en la Senda del amor.
El Texto
Entre las equivocaciones de los
buscadores está el tener opinión por sí mismos, el estar auto-satisfechos, de
forma que no siguen a ningún maestro. Los culpables de este error dicen: “Tengo
mi propio maestro”. Así es, en efecto, pero ese maestro es Iblis. Como dijo el
Profeta: “Aquel que no tiene maestro, tiene a Satán por maestro”.
Otra es ser negligente en el
respeto a las normas de la cortesía en todas las situaciones, cometiendo actos
reprobables, con el pretexto de que ya “se ha llegado”.
Otra es ignorar los niveles
espirituales y los actos devocionales supererogatorios, haciendo que la desidia
se convierta en costumbre y que tenga lugar la crítica a aquellos que son
perseverantes en sus esfuerzos. Los que caen en esta equivocación proclaman que
los devotos son incompletos y que están dominados por su nafs.
Otra es ser grosero, alegando que
procede de un estado de expansión espiritual. Esto no tiene sentido, pues el
estado de expansión deriva de un cumplimiento estricto de la cortesía.
Otra es burlarse de las prohibiciones y de las advertencias de
precaución, pretendiendo que el cumplimiento de la Ley religiosa es para
aquellos que no han alcanzado la meta, y que cuando se está en la Unidad
divina, todo da lo mismo. Esta pretensión se basa en la ignorancia y en la
falta de entendimiento de la relación que existe entre la voluntad propia y las
pruebas a las que Dios somete al servidor, que hace que Dios le considera
responsable de todas sus actuaciones.
Otra es relacionarse libremente
con mujeres y con muchachos. Cuando aparece el amor real, sin embargo, la
contemplación barre la concupiscencia, y al no quedar nada de lo humano [las
pasiones] en el ser del viajero, puede entonces sentarse en la asamblea de los
enamorados de Dios [hombres, mujeres, jóvenes...].
Otra es considerar lícito el vino
[y en general las bebidas alcohólicas y las drogas alucinógenas], afirmando que
actúa como vehículo para alcanzar estados espirituales. Se trata de un estado
totalmente desafortunado, aquel que precisa de un líquido rancio para
alcanzarlo, pues la ebriedad de los hombres de la Senda procede de contemplar
la Belleza de Dios que llena de fervor las almas de los enamorados.
Otro es dedicarse a cotillear. Los
que cometen esta equivocación repiten cosas por su cuenta sin analizarlas con
la medida de la Ley. Dan pábulo a fabulaciones, y siembran con ellas la
discordia entre la gente. Son demonios los unos para los otros, y reciben sus
palabras de Satán, de quien son seguidores, y se dice de ellos que son: demonios
para los hombres y para los ŷiin, que difunden maliciosamente charlas
vanas entre los demás (Qo 6,112).
El mayor error que pueden cometer
las personas es no reconocer el camino correcto cuando se les indica y
persistir en la vía de sus apetitos naturales. Sostienen que han observado e
imitado los estados de compañeros, de padres, de dirigentes infieles. Y de esta
forma, afirman lo que éstos decían: Ciertamente, hemos visto que nuestros
padres seguían esa religión y, en verdad, estamos siguiendo sus pasos (Qo
43,23).
Otra es sostener que no se tiene
control sobre aquello que lleva existiendo desde la preeternidad y que no puede
cambiarse mediante la propia voluntad. Y entonces, en base a este argumento,
concluir que uno puede dar libremente rienda suelta a las pasiones. Si se da
por correcto este punto de vista, los actos que se derivan son repugnantes. Lo
que desmiente esto es que las personas de esta ralea huyen cuando se ven
heridas y afligidas, mientras que si practicaran lo que predican deberían
aceptarlo todo como predestinado. ¿Por qué aceptan algunas cosas, y otras no?
Utilizan este argumento como excusa para no cumplir sus deberes y para
abandonarse a los placeres y a las pasiones del mundo y para, al mismo tiempo,
despegarse de la fe.
Otra es permitirse ciertas
libertades y pretender que Dios está detrás de los actos propios y que no se
es, por tanto, responsable de lo que se hace. Con semejantes dispensas, las
propuestas de este género legitiman lo ilícito y conducen rápidamente a la
infidelidad. Es cierto que Dios es el realizador último de las actuaciones de
todos los seres y el que origina todos los actos, tanto los buenos como los
malos, pero las personas dignas de alabanza son aquellas con quien Dios está
satisfecho desde la preeternidad, mientras que las reprobables son aquellas a
las que Dios, disgustado con ellas desde la preeternidad, ha arrojado al pozo
del error. Dice el Qorán: Todo aquel al que Dios guía, está guiado
rectamente, y todo aquel a quien rechaza estará, ciertamente, perdido
(7,178).
Otra es morar en el mundo de las fantasías y evocar imágenes que se
toman luego por revelaciones visionarias. Los que cometen este error tienen su
propio concepto de la Esencia y de los Atributos de Dios, que no son sino puras
conjeturas y adoración de los productos de su imaginación. Refugiémonos en Dios
de los funestos efectos de sus fantasías.
Otra es pretender que se ve a
Dios con los ojos físicos. Esto puede que no sea del todo imposible en este
mundo, pero no está soportado por la Tradición profética. Algunos de los que
defienden esta postura no distinguen entre la revelación visionaria que procede
de la observación directa (′ayān) y la que procede de la
clara evidencia (bayān), confundiéndose porque afirman que ven de
la misma manera con el ojo interior que con el ojo físico. Su ignorancia es,
sin embargo, fruto de una extrema ingenuidad. Según las tradiciones proféticas,
Satán está sentado en un trono entre el cielo y la tierra, y se presenta a
alguna gente común con el propósito de hacer que se desvíen y que se impliquen
en todo tipo de actividades. Todo aquello a lo que se puede aludir
mediante signos no es Dios, pues Dios es sin signos.
Otra es confundirse con la visión
de las luces procedentes de los seres creados pensando que es la Luz de Dios, o
sea, de la Esencia divina. La equivocación de esta gente reside en pensar que
la Esencia se caracteriza por luz, cuando la verdadera luz de Dios es la guía
recta y la gnosis de la Unicidad divina y de la dirección espiritual. Dios
transciende esa luz de la que hablan, aquella que es lo opuesto de la
oscuridad. Dios tiene luces que están más allá de esas luces, pero esto no cabe
en la imaginación. Si Dios, de hecho, proyectara una muestra de la Luz de su
Majestad en el reino de la existencia, la cantidad que Él estimara conveniente,
sin límite y sin medida, se consumirían todos los seres. Dios es único en todos
los sentidos, y la Luz de su Majestad es eterna; el espíritu racional (ruh-e
nāteqa), un espíritu sagrado y señorial, se purifica con la luz de la
teofanía, de modo que ve, conoce, oye y percibe todo mediante esa luz. A ello
se refiere el Qorán cuando dice: Dios es la Luz del cielo y de la tierra
(24,35).
Otra es encontrar atractiva la
infidelidad, participando en los actos de aquellos que se han desviado. Los que
caen en este error se dan cuenta de que, pasado algún tiempo, son incapaces de
dejarlo atrás, pues están dominados por la hipocresía y preocupados por lo que
los demás piensan de ellos; en efecto, los que se han metido en ese camino, se
han abandonado a las pretensiones, y a las adulaciones y a los elogios de la gente,
convirtiéndose en rehenes de sus propios nafs (ego). Y así, les resulta
agradable el camino de la infidelidad que han elegido, y les repugna toda idea
de regresar al camino recto, no sea que por ese retorno pierdan todo el valor y
la importancia que han adquirido a los ojos de los demás. Porque el aceptar la
Ley religiosa exige la obediencia a sus normas, mas estos opresores se
envanecen y se vanaglorian, y los dictados de la Ley pesarían grandemente sobre
su nafs y causarían su humillación. Esos poderosos, amantes de sus posesiones,
no se doblegarán ante sus obligaciones religiosas, pues son una carga pesada de
llevar: Y ciertamente, es una carga extraordinaria, excepto para los
humildes (Qo 2,45).
Otra es preferir los ricos a los
pobres, ignorando el hecho de que Dios ha elegido para Sí el mundo de la
pobreza espiritual y el desapego de Sus viajeros. Dice el Qorán: Dios es
mejor y más duradero (20,73). En otro lugar, también elogia a los sinceros:
pues los pobres que están en la miseria…(2,273). El mismo Profeta se describía a sí
mismo y a su comunidad como “los pobres”, y renunciaba al mundo y a los bienes
mundanales, diciendo: “La pobreza es mi orgullo”.
Otra es disfrazarse de sufí, sin
conocer el estado interior de los sufíes, y contentarse meramente con el nombre
y con las apariencias. Algunos se aprovechan, incluso, hipócritamente del
prestigio de ser sufí, y se presentan a los demás como algo que no son. Y,
ciertamente, Dios no lleva a buen fin el engaño de los traidores (Qo
12,52).
Otra es preferir el esfuerzo
individual y menospreciar la confianza en Dios (tawakol). Los que cometen este error no se
dan cuenta de que la confianza en Dios era el estado del Profeta, mientras que
su esfuerzo individual representaba su tradición. La confianza en Dios es el camino de los
fuertes, y el esfuerzo individual el de los débiles. Más aún, el que alcanza la
morada de la confianza en Dios y se establece en ella no censura a los demás.
Algunos se equivocan afirmando
que es mejor alcanzar el más allá mediante lo mundanal y no mediante la
pobreza; los que caen en esta equivocación lo hacen buscando una dispensa para
ellos, para dedicarse a los placeres y a las pasiones. Hay que darse cuenta que
se alcanza más fructíferamente la recompensa con el desapego del mundo que con
ataduras y obstáculos.
Otra es evitar enfrentarse al nafs,
inventando interpretaciones arbitrarias y absolutamente fraudulentas, para
resguardar al ego del peso del reproche y de la pobreza, que les cuesta
demasiado soportar. En efecto, estas personas, al no poder con su propio
ego, se esconden tras el escudo de semejantes interpretaciones.
Otra es emprender diversas
mortificaciones [y desafíos] espirituales, tras oír hablar de los grandes maestros, y de su gran nobleza a los
ojos de Dios y de los hombres. Los que cometen esta equivocación prosiguen con
sus esfuerzos durante largos periodos de tiempo, pero sin experimentar por
ellos ninguna dulzura asociada a sus denuedos, ni alcanzar la calma en la
presencia de Dios, ni recibir ningún reconocimiento por parte de la gente.
Sufren en su lucha espiritual, inconscientes de que Dios no lo aprueba, y como
su vigor inicial se torna en inercia, la gente, finalmente, les abandona.
Otra es la de algunos que se
dejan ver de ciudad en ciudad para alcanzar fama y estima de la gente que
cuenta haberlos visto. Los verdaderos compañeros de la Senda en el pasado no se
prestaron nunca a este tipo de actividad.
Otra es repartir los bienes para
parecer generoso y servicial con vistas a alcanzar el rango de guía espiritual.
Los maestros del pasado tras repartir sus bienes sacrificaban también
todo rango, dedicándose exclusivamente a servir a los compañeros de la Senda, y alejaban de sí cualquier
pensamiento de retribución, pues la recompensa es ilícita en el camino de los
enamorados.
Otra es pretender estar desapegado
del mundo y estar, por tanto, habilitado para aprovecharse de todo lo que se
presenta, sin distinguir si procede de Dios o no, o si se trata de algo lícito
o ilícito. Esta pretensión es la llave que da entrada a lo prohibido, al abrir
la puerta a lo deliberado.
Otra es la de aquellos simples
que recuerdan los poderes milagrosos y actos sobrenaturales de los maestros
sufíes suponiendo que éstos pueden alcanzarse mediante el esfuerzo espiritual,
sin darse cuenta que ese esfuerzo debe verse acompañado de una aptitud para los
poderes y del respaldo de Dios. Cuando sus esfuerzos demuestran ser inútiles,
los que caen en este error desacreditan los milagros realizados por los amigos
de Dios. Esto tan sólo demuestra estupidez, no lucha espiritual, pues la lucha y
el esfuerzo espirituales mediante Dios aportan poderes que derivan de la
adhesión a Sus reglas, la Senda de la guía recta.
Otra es debilitarse por haber
soportado arduas mortificaciones, como un ignorante, hasta el punto de no poder
realizar los actos devocionales obligatorios. Los que cometen esta equivocación
no saben que los maestros realizan sus prácticas ascéticas gradualmente, y no
lanzándose sin medida.
Otra es dedicarse al ascetismo en
montañas y cuevas, sin tener el estado ni las moradas espirituales de los
maestros. Y también, imaginarse que se puede escapar de la sociedad y realizar
prácticas ascéticas rigurosas para prevenir las influencias malignas del nafs.
Los que caen en este error no se dan cuenta de que nunca estarán a salvo de la
influencia negativa del nafs, y de que no pueden instalarse en su retiro
sin tener el estado de los sufíes. Hacerlo sólo produce enfermedad, melancolía
y alucinaciones, en lugar de facilitar estados y revelaciones visionarias.
Otra es emascularse, con la idea de
que uno puede verse libre de la lujuria al estar privado de órganos sexuales.
Los que cometen esta equivocación no saben que la concupiscencia no reside en
los órganos sino en las profundidades del propio ser y que mientras se existe,
aquélla existe.
Otra es adentrarse en el desierto sin provisiones ni
montura y así destruirse, sin ser consciente de que cuando lo hacen los
maestros, encomiendan su alma al amor de Dios y tienen su corazón repleto de
confianza en Dios y de certeza. El hambre y la saciedad, el desierto y el
cultivo, son lo mismo para ellos.
Otra es dedicarse a actos
extravagantes y vestir ropas de colores específicos. Estas personas piensan
que, simplemente por asociarse con los sufíes e imitar ciegamente algunos de
sus secretos y símbolos, se han convertido en verdaderos sufíes. Se equivocan,
pues nadie se convierte en sufí con gestos y con vestidos. El final de esta
falsedad es el remordimiento y el castigo divino.
Otra es amasar dinero en este
mundo, acumulando tesoros, y dedicarse a enriquecerse y a especular,
solazándose con ello mientras se ayuna y se reza, y haciendo ostentación de
piedad y de humildad. Los que caen en este error sostienen que es necesario el
dinero para perseverar en la devoción porque el corazón está entonces relajado
y no se dispersa. Piensan que se trata de un estado para los elegidos. ¡Qué
forma más espantosa de pensar! ¿Cómo puede la servidumbre realizarse
adecuadamente sin ascetismo? Hasta que uno no se libera de obstáculos y de
ataduras, no puede practicar correctamente la servidumbre.
Otra es aparentar ser sufí,
haciendo demostración de baile, de canto de poemas, de braceo, de samā′ y de rasgarse las vestiduras.
Los que cometen esta equivocación imaginan que, haciendo estas cosas, pueden
alcanzar el estado de los amigos de Dios. ¡Qué presunción! No se puede alcanzar
ninguna morada con un comportamiento tan llamativo.
Otra es sostener que la
liberación sólo se puede alcanzar cerrando por completo los ojos al mundo de lo
creado pues, de lo contrario, no es una verdadera liberación. Esto es ilusorio.
En realidad estas personas simplemente se apartan externamente de las demás
criaturas; pues cuando uno alcanza la verdadera liberación, aun pasando el
mundo junto con todo lo existe en él ante sus ojos, su visión sincera no será
cegada por la polvareda de lo otro-que-Dios.
Otra es ignorar el espíritu de
las enseñanzas sufíes, creyendo que el anonadamiento (fanā) significa la aniquilación de las cualidades
humanas. Los que caen en este error se vuelven locos y originan trastornos en
ellos mismos. Otros dejan de comer y de beber y se quedan demacrados, por creer
que el anonadamiento es el anonadamiento de la gratificación del alma por Dios
en el misterio de la Unicidad divina, cuando en realidad el anonadamiento significa
el anonadamiento en el anonadamiento.
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