Señor Kobāri trabajando en el jānaqāh de Teherán. Foto de Jeffrey Rothschild
No digas que el Amado se ha ido
y que la Ciudad del amor está vacía.
El mundo está lleno de maestros perfectos,
pero ¿dónde están los discípulos sinceros?
Siempre me he preguntado qué es lo que hace
que ciertas personas tengan una confianza tan fuerte en un camino espiritual y
en su maestro, la clase de creencia inquebrantable que tenemos, por ejemplo, en
la salida del sol cada mañana. Hay, me parece a mí, dos clases de personas que
tienen esas sólidas creencias religiosas. Unos, una clase muy común en nuestros
días, son totalmente dogmáticos acerca de lo que creen hasta el extremo de que
creen su deber imponer sus creencias a otros, a veces incluso a la fuerza.
Estas personas son fanáticas y no se puede decir nada interesante sobre ellas.
Hay otros, por otra parte, que no hablan mucho, que no
tienen ningún interés en convertirnos a lo que creen. Por mucho que se intente,
no se puede realmente saber cuales son sus creencias. Son, como si dijéramos,
místicos verdaderos que abordan la espiritualidad desde un ángulo completamente
diferente, y son la verdadera encarnación de la espiritualidad, con muchas
obras y pocas palabras. Nos hablan a través de sus actos sin importarles que
creamos o no en ellos. En resumen, avanzan llevando una vida espiritual mientras
el resto de nosotros pasamos nuestro tiempo preocupándonos acerca de lo qué es
la espiritualidad.
Hasan Kobāri era una de esas personas.
El señor Kobāri nació en la provincia de Gilan al borde
del mar Caspio, y era ya un hombre de mediana edad cuando vino por vez primera
al jānaqāh de Teherán. Durante treinta años había trabajado
para el gobierno, y, cuando llego al jānaqāh era un
funcionario de alto nivel en el Ministerio de Finanzas con gran poder y
prestigio. Sin embargo, después de su iniciación en la Senda sufí por el Dr.
Nurbakhsh, un joven sheij en aquella época, dejó su puesto en el
gobierno y renunció a todo lo que había conseguido en el mundo para dedicarse
en cuerpo y alma a la senda del Amor.
El señor Kobāri rara vez hablaba de sufismo; en lugar
de ello, vivía la vida de un sufí. Si le insistías, podías conseguir de él
algunas palabras sobre el sufismo, pero incluso eso era poco frecuente. Tenías,
desde luego, que esforzarte mucho para demostrarle que necesitabas su opinión
sobre algún tema práctico antes de que hablase. Recuerdo que alguien le
preguntó en una ocasión, acerca del significado espiritual de un sueño que
había tenido. El señor Kobāri le contestó disculpándose por no saber nada
acerca del significado de los sueños, y le dijo que lo que importaba no era
entender los sueños que se tenían, sino aceptarlos, al igual que todo lo demás,
como algo enviado por Dios y recordarle a Él continuamente. Y luego le pidió
que hiciese un recado para el jānaqāh, diciéndole que eso era
mucho más útil.
Para una mente occidental, esta forma de entender la
espiritualidad parecerá seguramente extraña. Se podría pensar que los asuntos
espirituales deben comprenderse hasta un cierto nivel, antes de ponerlos en
práctica. Si no conozco, por ejemplo, el sentido y el significado de zekr
(el continuo recuerdo de Dios), ¿cómo puedo ponerme a practicarlo? El señor
Kobāri consideraba que la comprensión venía más tarde ―después de
que uno practica lo que debe practicar y hace lo que debe hacer. Para él, una
vida espiritual era una vida de obras altruistas, y entender el significado y
el valor de esos actos sólo tenía lugar después de que uno se encontrara totalmente
inmerso en ellos. Puedo recordarle diciendo en cierta ocasión que para conocer
verdaderamente el dolor, uno tiene que sentirlo, experimentarlo y que el leer
muchas teorías acerca del dolor, aunque fuera interesante, nunca le permitiría
a uno entenderlo completamente.
* * *
La primera vez que vi al señor Kobāri yo era muy joven,
y naturalmente muy ingenuo. Sin embargo me aceptó con franqueza y respeto, como
lo hacía con todo el mundo. Nunca se comportó como alguien superior
espiritualmente, a pesar de sus muchos años como darwish y siempre me
trató como igual. Por eso, me encontraba muy a gusto a su lado y comencé a
estar con él casi todo el día.
Como siempre había algo que hacer en el jānaqāh,
me dejaba ayudarle en algunas tareas, como regar las plantas, servir el té, o
preparar para su publicación los libros que editaba el jānaqāh.
El creía profundamente que los distintos trabajos del jānaqāh
debían hacerse del modo más económico posible y con el mayor esfuerzo. En
cierta ocasión me cansé de utilizar un pequeño jarro para regar las numerosas
plantas que había en el jānaqāh y en su lugar decidí regar con
una manguera. En cuanto me vio con la manguera, el señor Kobāri me
reprochó mi pereza, y me dijo que estaba malgastando agua y que había tomado el
camino fácil. Siguió explicando que el trabajo en el jānaqāh
se hacía para disciplinar al nafs (ego) de cada uno, y que el nafs
siempre quiere tomar el camino más sencillo. En ese momento, no entendí bien su
amonestación. En mi inocencia pensé, seguramente, que lo importante era hacer
el trabajo, no cómo se hacía. No fue hasta años más tarde, cuando finalmente me
di cuenta de lo verdadero de sus palabras.
El señor Kobāri luchaba constantemente contra su nafs,
contra sus deseos mundanales, hasta el extremo de que a veces me llegué a
preguntar si le quedaba el mínimo sentido de su propio ego. Un simple
pensamiento negativo era incluso suficiente para que tomará medidas drásticas
para corregirse. Una vez, estando presentes unos veinte darwishes,
estábamos corrigiendo las pruebas de un libro con el manuscrito árabe. Como
conocía bien el árabe, leía en voz alta el manuscrito mientras yo debía
comprobar que la versión impresa se correspondía con aquél.
Estábamos en mitad de esta tarea, cuando sonó el timbre de
la puerta y llegó un mullah (clérigo musulmán) que tenía cita con el
maestro, y se sentó con nosotros mientras esperaba. En cuanto el mullah
se sentó, pidió té y comenzó a sermonear a todo el mundo. El señor Kobāri
le escuchó durante unos minutos y después se volvió a mí y me dijo que
continuásemos con nuestro trabajo. Me quedé asombrado cuando comenzó a recitar
el árabe incorrectamente, y en especial los versículos coránicos. Tan pronto
como el mullah escuchó la recitación incorrecta del Qorán por el señor
Kobāri comenzó a corregirle.
Durante la media hora siguiente, el mullah corrigió
constantemente al señor Kobāri de una forma ruda y humillante. Cada vez
que lo hacía, el señor Kobāri se disculpaba, pidiendo perdón al mullah.
Tras un tiempo que pareció horas, el mullah fue finalmente conducido a
ver al maestro. Cuando salía de la habitación, le ordenó al señor Kobāri
que dejara de leer, recordándole que era una blasfemia recitar incorrectamente
los versículos coránicos.
Durante este episodio, me tuve que reprimir para no insultar
ni maldecir al mullah. Estaba también totalmente perplejo con la actitud
del señor Kobāri. Cuando por fin me encontré a solas con él, más tarde ese
día, le pregunté por el sentido de su comportamiento con el mullah y por
qué había pronunciado tan mal el árabe. “En el momento en que vi al mullah,”
me contestó, “entró en mi mente el pensamiento de que yo era mejor que él. Me
sentí tan avergonzado por este pensamiento que tenía que hacer algo para
compensar al mullah y conseguir el perdón por mi arrogancia y por mi
sentido de superioridad.”
Aunque tenía medios suficientes para llevar una vida
confortable, el señor Kobāri llevaba por el contrario una vida sencilla.
Dedicaba la mitad de su pensión de jubilación a las necesidades diarias del jānaqāh
y la otra mitad a su familia, formada por su mujer y una vieja sirvienta a
quien trataba como a una hermana. Su casa tenía dos habitaciones, una pequeña
cocina y un jardín. Por las mañanas recorría Teherán, haciendo recados para el jānaqāh:
asegurándose que los impresores hacían su trabajo, comprando las verduras,
acudiendo al banco, y realizando otros muchos trabajos que eran esenciales para
el funcionamiento diario del jānaqāh. Al hacerlo, intentaba
siempre ser tan comedido como podía. Por ejemplo, evitaba en lo posible tomar
transportes públicos e iba andando siempre que era posible y cuando no, tomaba
el autobús mejor que un taxi, sin pensar en el esfuerzo que pudiera suponer.
Estando con el señor Kobāri todo se convertía en una experiencia de
aprendizaje. Un día me permitieron acompañarle a un recado importante. Dada su
predilección por evitar los transportes públicos, me preparé para una larga
caminata. Para mi sorpresa, sin embargo, insistió en tomar ese día un taxi, ya
que yo era su huésped. Al darse cuenta de mi confusión y de mi decepción, me
dijo: "El sufismo es no tener ataduras con nada, e incluso negarse a tomar
un taxi puede llegar a ser una atadura."
Después de llevar a cabo todas sus tareas diarias, el señor
Kobāri volvía a su casa cada día para almorzar con su mujer. Aunque no
solía invitar a nadie a su casa, siempre recibía a aquellos que se acercaban, y
la gente acudía a su casa, sin ser invitada, con la esperanza de pasar unos
minutos con él. Yo mismo a menudo tenía el honor de ir a su casa para almorzar.
Comíamos y después mirábamos la televisión durante media hora en un pequeño
aparato en blanco y negro que le había regalado su hija.
Sorprendentemente, incluso mientras miraba la televisión, el
señor Kobāri no podía evitar sentirse abrumado con el sentimiento de lo
Divino. Un día, por ejemplo, estábamos viendo Gunsmoke (algunas series
americanas eran muy populares en Irán en aquella época). En el episodio que
estábamos siguiendo, uno de los personajes terminaba sacrificando su vida para
salvar a un individuo al que apenas conocía. El señor Kobāri estaba tan
abrumado con el episodio que comenzó a sollozar en silencio y que su cuerpo
entero se puso luego a temblar; se volvió hacia mí y con una voz apagada me
dijo: “Esto es amor, y yo estoy aún tan lejos”. Entonces también yo comencé a
llorar, totalmente contagiado por el estado del señor Kobāri. Más tarde,
tras regresar a casa, me di cuenta de que esa era la diferencia entre un hombre
de Dios y el resto de nosotros: él percibe la belleza Divina donde nosotros
solo vemos basura.
Durante veinticinco años, el señor Kobāri acudió al jānaqāh
de Teherán cada día, de dos de la tarde a diez de la noche, y no se iba nunca
mientras quedara alguien en él. Realizaba siempre los trabajos más duros y más
serviles del jānaqāh, y era un ejemplo para todos los darwishes.
En las tardes de reunión, a pesar de haber prestado durante años sus servicios
al jānaqāh y haberse ganado el lugar más honorífico, seguía
sentándose en la entrada donde los darwishes dejaban sus zapatos.
La sala en la que se tomaba el té en el jānaqāh,
en la cual se sentaba y trabajaba siempre el señor Kobāri durante el día,
se convirtió en una especie de escuela para los darwishes, al menos para
los que deseaban comprender lo que sucedía. Predicaba con el ejemplo,
ofreciendo sus servicios sinceramente a todos los que lo necesitasen sin
que tuvieran que pedírselo y sin
esperar nada a cambio. Aunque se ocupaba de todos los asuntos del jānaqāh,
jamás le oí dar una orden directamente a nadie. Dejaba, en cambio, que los darwishes
supieran lo que debía hacerse, lo que era correcto, por medio de sus actos, y
siendo siempre el primero en emprender cualquier tarea, comenzando él mismo las tareas más arduas y desagradables,
pero siempre sin muestra alguna de orgullo o de autosatisfacción.
Y por otra parte, ninguna tarea era demasiado pequeña para
él si conllevaba un servicio a otro darwish, sea cual fuera el darwish
y en cualquier circunstancia. En una ocasión, un darwish recién iniciado
estaba sentado en el círculo una tarde de reunión. El señor Kobāri pasó
por su lado y el darwish le pidió un té. Varios darwishes
intentaron inmediatamente levantarse para llevarle el té, en lugar del señor
Kobāri, pero éste les dijo que se sentaran y fue a por el té para el
recién llegado.
Desde el momento en que llegaba al jānaqāh
hasta que se marchaba, el señor Kobāri estaba todo el tiempo ocupado, por
su devoción hacia el maestro y por los otros darwishes, cuya comodidad
anteponía constantemente a la suya. La siguiente historia, que me contó uno de
los darwishes más antiguos, ilustra bien esto. Este darwish
estaba viviendo en el jānaqāh en un invierno particularmente
frío. Una noche, vio al señor Kobāri marcharse del jānaqāh
a las diez de la noche como de costumbre. Unas dos horas después, el darwish
permanecía despierto, pues no podía conciliar el sueño. De repente, para su
sorpresa, se dio cuenta de que el señor Kobāri regresaba al jānaqāh.
Intrigado, le observó para ver qué sucedía. Tras abrir un armario, el señor
Kobāri tomó una lata de keroseno y comenzó a llenar la estufa de la
habitación donde dormía el darwish. Luego se marchó tan silenciosamente
como había llegado.
Al día siguiente, el darwish le preguntó por la noche
anterior. Dudó durante un momento, y luego le explicó que después de llegar a
su casa y acostarse, le vino la idea de que la estufa de keroseno podía
quedarse sin combustible en la habitación donde dormían los darwishes, y
tuvo miedo de que se quedase demasiado fría y se sintieran incómodos. Por ello,
se había levantado en medio de la horrible y fría noche de invierno y había
caminado de vuelta al jānaqāh para asegurarse de que la
calefacción era suficiente para los darwishes. Nadie por supuesto, de no
haber sido visto por ese darwish aquella noche, se hubiera enterado de
este acto de amable generosidad. ¿Y cuántas veces más habrá realizado obras así
el señor Kobāri? Eran su vida.
Todos los que tenían contacto con el señor Kobāri,
incluso los que no sabían que era sufí, no dejaban de sentirse impresionados de
un modo muy profundo. Trataba a todo el mundo con un gran respeto y al mismo
tiempo intentaba ser muy directo. En uno de los muchos paseos que hicimos
juntos, le estaba acompañando a la imprenta donde iba a ver al responsable del
departamento de encuadernación. Era un hombre de mediana edad que estimaba
mucho al señor Kobāri y que siempre le cobraba un precio justo por la
encuadernación de los libros.
Como de costumbre, el señor Kobāri fue muy respetuoso
con este hombre. Cuando nos sentamos para discutir el precio de la
encuadernación para el siguiente libro, se volvió de pronto hacia el señor Kobāri
y le dijo: “¿Por favor, puede esperar este asunto? Quería pedirle su opinión
sobre un asunto mucho más importante.” Y prosiguió diciendo al señor
Kobāri que había decidido convertirse en sufí y que quedaría agradecido si
el señor Kobāri pudiese preguntar
al Maestro sobre la posibilidad de llegar a ser iniciado.
Sin dudarlo, el señor Kobāri movió la cabeza y le dijo
al encuadernador que el sufismo no era adecuado para él. Asombrado, pues
conocía la devoción del señor Kobāri por el sufismo, el hombre le preguntó
cómo era posible. “Porque,” respondió el señor Kobāri, “si se hace sufí,
usted no podrá nunca más cobrarnos por la encuadernación de nuestros libros.
¿Cree usted que puede prescindir de este dinero?”
El hombre agachó la cabeza y permaneció en silencio por un
largo tiempo. Al final, el señor Kobāri rompió el silencio, diciéndole:
“¿Quiere realmente saber la verdad? He llegado a la conclusión de que todo el
mundo es sufí, a su manera, sin darse cuenta de ello. Y ahora vamos a hablar
del precio de la encuadernación del libro porque este asunto es mucho más
urgente." Tras la muerte del señor Kobāri, el encuadernador aceptó la
condición que él le había impuesto y fue iniciado en la Senda.
Hacía el final de su vida, el señor Kobāri se volvió
tan débil físicamente que apenas podía ir diariamente de su casa al jānaqāh.
Por eso, el maestro le pidió un día que se mudase al jānaqāh.
El señor Kobāri se entusiasmó con la invitación del maestro, porque
trasladarse al jānaqāh había sido siempre su sueño. Más de una
vez me había dicho que la única cosa que deseaba todavía de Dios era vivir y
morir en el jānaqāh, entre los darwishes y cerca del
maestro.
No es necesario decir, que al principio estaba muy
emocionado de vivir en el jānaqāh. Tras veinticinco años de
estar yendo al jānaqāh, podía al fin vivir en el lugar que
tanto había cuidado. Pronto sin embargo, se dio cuenta de que era mucho más
fácil ir y venir cada día de su casa al jānaqāh que vivir en
él. Al vivir en el jānaqāh, estaba continuamente preocupado, a
veces hasta el punto de obsesionarse, por el bienestar de los darwishes
y el estado del jānaqāh. Una vez que se hubo mudado al jānaqāh,
se percató de que ya no podría nunca más dormir, al sentir siempre la
obligación de comprobar y de volver a comprobar todas las cosas, hasta el punto
de enfermar gravemente. La situación, de hecho, empeoró tanto que le pidió
permiso al maestro para irse a casa y morir en paz. Y eso es lo que hizo.
El 23 de marzo de 1978, pocas semanas después de volver a su
casa, el señor Kobāri murió en paz en su cama. Puede que el epitafio que
mejor le cuadre es la descripción del discípulo dada en la obra, En la
Taberna, paraíso del sufí del Dr. Nurbakhsh, el maestro de quien era
devoto:
El discípulo es un buscador sincero libre de toda atadura. Él
anhela a Dios y, por ello, se reduce a sí mismo; se encamina en la senda sin
hablar de sí mismo. No tiene ninguna historia que contar sobre su “yo”, ni
tiene queja alguna de su Amado.
El discípulo es un enamorado de corazón fatigado que ha roto con
los dos mundos y se ha unido a Dios con el lazo de la amistad. Él busca
únicamente a Dios, habla sólo de Dios, y orgulloso de su amistad, juega al
juego del amor con el Amado. En cada momento borra del espejo de su corazón el
orín de la multiplicidad y lo ilumina con el amor de su Bienamado. (p. 145).