
Darwish meditando. Miniatura persa, s.XVII
Mientras la llamada a la oración resonaba en la
oscuridad anunciando la llegada del amanecer, Shebli se dirigía por las calles
casi vacías de Bagdad a la mezquita más cercana. Se paró en la fuente exterior
para realizar sus abluciones, como lo había hecho cientos de veces
anteriormente. Después de esta purificación, agachó la cabeza y entró en el
edificio de cúpula azul para llevar a cabo sus oraciones. En el momento en que
pisó las baldosas del suelo de la mezquita, sin embargo, se quedó quieto,
paralizado por la voz Divina que se dirigía a él.
«¿Qué presuntuoso eres para atreverte a aparecer
ante Mi después de unas abluciones como ésas?»
Avergonzado, Shebli agachó su cabeza aún más y se
dispuso a salir inmediatamente de la mezquita. Pero una vez más la voz Divina
se le reprochó.
«¿Cómo es que huyes de Mi, abandonando Mi casa? ¿Dónde
quieres ir?»
Incapaz de salir del callejón al que le habían
arrojado, Shebli dejó escapar un grito y cayó de rodillas. Una vez más, la voz
Divina habló.
«¿Ahora te atreves a insultarme con este reproche
tuyo?»
Al oír esto, Shebli se calló y cruzando sus piernas
se sentó en el suelo de la mezquita totalmente inmóvil, rindiéndose ante el
dilema.
«¿Qué quieres decir al sentarte así paciente y
contento ante Mi?»
En jaque continuo en cada movimiento, Shebli se
derrumbó e hizo esta petición a la voz Divina: «Suplico Tu Clemencia. Estoy
totalmente indefenso y busco refugio en Ti: haz lo que Tú desees.»
* * *
El discípulo había estado esperando mucho tiempo
para dirigirse a Shebli con su dilema. Había tenido que enfrentarse a tantas
tribulaciones a lo largo del camino que sentía en su corazón que no podía
proseguir.
«¿Qué debo hacer, después de que todos estos
problemas me han llevado a esta tremenda crisis?», preguntó a Shebli tras haber
sido finalmente admitido en su presencia y haberle contado su situación.
«Abandonar el umbral del Señor únicamente a resultas
de estas cosas es una herejía», le dijo Shebli al discípulo. «¿No ha dicho Él
acaso: “No desesperéis y tened fe en mi Misericordia”?»
El corazón del discípulo se llenó de alegría al oír
las palabras de Shebli, y le dijo al sheij que quedaba libre de toda
ansiedad. Shebli movió la cabeza en señal de desaprobación al oír la respuesta
del discípulo.
«¿Qué pretendes sometiendo a prueba a tu Señor de
esta manera?», le reprendió. «No recuerdas Su mandato: “Permaneced siempre
ansiosos [por Mí] y no dejéis de ser temerosos, porque a menudo pongo a prueba
a Mis devotos”.»
«Oh sheij», suplicó el discípulo a Shebli,
«guíame, por favor, en este laberinto y muéstrame el camino para salir de él.
¿Qué puedo hacer?»
«Hasta tu último aliento, sigue golpeando con tu
cabeza la puerta del Señor. A lo mejor un día, por su Misericordia, Él haga
caso a tu llamada y pregunte: “¿Quién es el que llama a mi puerta?”.»
Por favor, valore este contenido.