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Revista Sufí / Número 8 Versión para imprimir

 

Vino añejo en odres nuevos
El dilema de Shebli

Historia extraída del Memorial de los amigos de Dios de
'Attār

EL DILEMA DE SHIBLI

Darwish meditando. Miniatura persa, s.XVII

Mientras la llamada a la oración resonaba en la oscuridad anunciando la llegada del amanecer, Shebli se dirigía por las calles casi vacías de Bagdad a la mezquita más cercana. Se paró en la fuente exterior para realizar sus abluciones, como lo había hecho cientos de veces anteriormente. Después de esta purificación, agachó la cabeza y entró en el edificio de cúpula azul para llevar a cabo sus oraciones. En el momento en que pisó las baldosas del suelo de la mezquita, sin embargo, se quedó quieto, paralizado por la voz Divina que se dirigía a él.

«¿Qué presuntuoso eres para atreverte a aparecer ante Mi después de unas abluciones como ésas?»

Avergonzado, Shebli agachó su cabeza aún más y se dispuso a salir inmediatamente de la mezquita. Pero una vez más la voz Divina se le reprochó.

«¿Cómo es que huyes de Mi, abandonando Mi casa? ¿Dónde quieres ir?»

Incapaz de salir del callejón al que le habían arrojado, Shebli dejó escapar un grito y cayó de rodillas. Una vez más, la voz Divina habló.

«¿Ahora te atreves a insultarme con este reproche tuyo?»

Al oír esto, Shebli se calló y cruzando sus piernas se sentó en el suelo de la mezquita totalmente inmóvil, rindiéndose ante el dilema.

«¿Qué quieres decir al sentarte así paciente y contento ante Mi?»

En jaque continuo en cada movimiento, Shebli se derrumbó e hizo esta petición a la voz Divina: «Suplico Tu Clemencia. Estoy totalmente indefenso y busco refugio en Ti: haz lo que Tú desees.»

* * *

El discípulo había estado esperando mucho tiempo para dirigirse a Shebli con su dilema. Había tenido que enfrentarse a tantas tribulaciones a lo largo del camino que sentía en su corazón que no podía proseguir.

«¿Qué debo hacer, después de que todos estos problemas me han llevado a esta tremenda crisis?», preguntó a Shebli tras haber sido finalmente admitido en su presencia y haberle contado su situación.

«Abandonar el umbral del Señor únicamente a resultas de estas cosas es una herejía», le dijo Shebli al discípulo. «¿No ha dicho Él acaso: “No desesperéis y tened fe en mi Misericordia”?»

El corazón del discípulo se llenó de alegría al oír las palabras de Shebli, y le dijo al sheij que quedaba libre de toda ansiedad. Shebli movió la cabeza en señal de desaprobación al oír la respuesta del discípulo.

«¿Qué pretendes sometiendo a prueba a tu Señor de esta manera?», le reprendió. «No recuerdas Su mandato: “Permaneced siempre ansiosos [por Mí] y no dejéis de ser temerosos, porque a menudo pongo a prueba a Mis devotos”.»

«Oh sheij», suplicó el discípulo a Shebli, «guíame, por favor, en este laberinto y muéstrame el camino para salir de él. ¿Qué puedo hacer?»

«Hasta tu último aliento, sigue golpeando con tu cabeza la puerta del Señor. A lo mejor un día, por su Misericordia, Él haga caso a tu llamada y pregunte: “¿Quién es el que llama a mi puerta?”.»

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