Introducción
La literatura sufí permanece todavía ampliamente
inexplorada. Si bien muchos textos han sido reconocidos como clásicos tiempo
ha, y otros muchos sacados a la luz por estudiosos contemporáneos, muchos otros
aún yacen desdeñados en bibliotecas de manuscritos o colecciones privadas
esperando ser descubiertos.
El hecho de que estos
trabajos sean desconocidos en modo alguno significa que sean insignificantes.
Un caso puntero es Ruh al-arwāh, del gran sufí persa Ahmad Sam’āni, contemporáneo de Qazāli (al-Gazal) y
Sanāi.
Existen manuscritos de este
libro de mas de 600 páginas en varias bibliotecas. Algunos de los grandes
estudiosos contemporáneos de la literatura de Persia, tales como Bad`i
al-Zamān Fruzānfar y Mohammad Taqi Dāneshpazhuh, han mencionado
la obra, pero nadie le prestó mucha atención hasta que fue publicada en 1.989
por Najoid Māyel Herawi[1]. Ahora que este texto es
asequible, cualquiera puede ver que merece ser valorado como un clásico mayor
de la literatura sufí persa.
Pese a que Ahmad
Sam’āni es desconocido por los más de los estudiosos contemporáneos, no es
difícil encontrar información sobre su vida. Fue miembro de una famosa familia
de estudiosos shafi’itas en Marw. Su padre, Abol Mozaffar Mansur ibn-e Mohammad
(422-489/1.031-1.096), fue autor de un comentario sobre el Qorán y de varios
libros sobre hadith (tradiciones del Profeta),
jurisprudencia y kalām (teología). Ahmad estudió con su
padre y con su hermano mayor, Abu Bakr Mohammad ibn Mansur (m.
510/1.116-1.117). Este hermano fue a su vez padre del más famoso miembro de la
familia, `Abd-ol Karim ibn Mohammad Sam`āni (M.1167), autor del conocido
trabajo genealógico al-Ansāb. En
este trabajo `Abd-ol Karim describe a su tío Ahmad como elocuente orador, buen
polemista y fino poeta, cualidades que son manifiestas en Ruh al-arwāh. En el año 529/1.134-35, nos cuenta `Abd-ol
Karim, ambos viajaron juntos desde Marw a Neyshāpur para escuchar al Sahih
Moslem[2].
Los comentarios sobre los
Nombres divinos eran comunes en árabe[3], pero Ruh al-arwāh parece ser la primera obra detallada y
sistemática de esta clase en farsi. Sam’āni discurre sobre 101 Nombres en setenta y cuatro capítulos. En cada caso empieza por explicar el significado
literal del Nombre o Nombres en cuestión. Luego se deja llevar por la
inspiración del momento. El resultado es una serie de meditaciones
extraordinarias sobre los temas básicos de la espiritualidad islámica.
Ruh al-arwāh
muestra que Sam’āni fue un maestro en todas las ciencias
religiosas. Pero es su dimensión sufí la que brilla más claramente en la forma
y en el contenido de su obra. Sam’āni cita frecuentemente poesía sufí, incluyendo
versos de Sanāi, y compone él mismo muchos versos y gazales. Sin embargo
su prosa es a menudo mas poética que su poesía, y debe ser considerado uno de
los prosistas verdaderamente grandes en lengua persa.
Escribe
con completa espontaneidad y júbilo,
desarrollando todas las técnicas de un estilista de primera línea. Su escritura
no es particularmente simple, y es ciertamente más difícil que el farsi de los
hermanos Qazāli, o el de
‘Eyn-ol Qozāt Hamedāni. Pero las cualidades musicales y la belleza
del texto son asombrosas. Sin duda, escribió el libro para ser leído en voz
alta. Cuando su sobrino nos cuenta que su tío era un elocuente predicador uno
puede fácilmente imaginarle recitando pasajes de esta obra y produciendo en sus
oyentes estados de éxtasis del tipo de los que se describen a menudo en la
literatura hagiográfica.
La
obra de Sam’āni puede muy bien compararse con otro clásico infravalorado de la literatura sufí:
Kashf al-asrār (El desvelamiento de los Misterios),
comentario en diez volúmenes sobre el Qorán, de Meybodi, que fue terminado en
el 520 (1.126), unos diez años antes que Sam’āni escribiera Ruh al-arwāh. Pero
el comentario de Meybodi alcanza las cimas de la elocuencia solamente en la
tercera sección de la obra, que trata del significado esotérico del Qorán. Sam’āni mantiene el mismo nivel elevado de
inspiración y de belleza de principio a fin del texto, utilizando una prosa
común solamente al inicio de cada sección. Realmente, no sé de otro texto en
prosa con tal originalidad, frescura, uso tan rico de la imaginería poética, y
sentido del humor.
Ruh al-arwāh, como Kashf al-asrār,
es una detallada fuente temprana para las enseñanzas teóricas sufíes.
Sam’āni hace importantes contribuciones a muchos
tópicos, incluyendo la antropología islámica. Estaba ciertamente influenciado
por Kashf al-asrār y el Rasā’el de los Ajawān-e Safā (Risalah de los Hermanos de la Pureza)[4]. A su vez, debe de haber inspirado a
muchos de los que vinieron detrás. Con toda probabilidad, Rumi estuvo
familiarizado con su obra. El Masnawi
de Rumi, escrito cerca de 120 años más tarde, es más cercano en estilo y
espíritu al Ruh al-arwāh que
ninguna otra obra de la literatura persa.
Algunas de las cualidades del libro de Sam’āni pueden ser ilustradas a través del examen
de uno de sus temas principales. La idea básica, subyacente, del texto es que
el ser humano fue creado a causa del amor y que toda la pena y el sufrimiento
juegan el papel positivo de incrementar el deseo de la gente por Dios. Como
muchos teóricos sufíes, Sam’āni recalca la misericordia, el amor y la compasión de Dios más que Su
cólera y Su venganza. La idea central de su trabajo es resumida por el famoso hadith: “La misericordia de Dios predomina sobre su cólera”
buena parte de la discusión
sobre la misericordia de Dios reposa sobre el suceso mítico clave de la
existencia humana: la caída de Adán.
Dada la versión coránica de la caída de Adán, el Islám nunca ha
recalcado sus consecuencias negativas tanto como la cristiandad. No obstante, muchas autoridades musulmanas han
visto la caída como resultado de la cólera de Dios y han resaltado la ruptura
de la armonía con la Realidad divina que resultó de ella. Sam’āni no
olvida que Dios es colérico y severo en el castigo, pero tiende a dejar a otros
la explicación de esta parte del mensaje divino. Podría no haber recalcado los
aspectos positivos de la caída de Adán de no haber sido generales las opiniones
en contrario. Claramente, se ha propuesto contrarrestar la idea de que el
motivo primario para obedecer a Dios debe ser el miedo.
La insistencia de
Sam’āni en que la caída de Adán estaba enraizada en la misericordia y el
perdón de Dios puede parecer sorprendente para algunos lectores. Se puede
inmediatamente objetar que Sam’āni hace del pecado virtud y estimula la
desobediencia a los mandamientos divinos. Pero sería olvidar el propio contexto
social y religioso de Sam’āni, a favor de nuestra propia situación contemporánea,
en la que las formas institucionalizadas de disciplina religiosa son
consideradas como restricciones de la libertad. Sam’āni vivía en una
sociedad en la que la observancia de los preceptos religiosos, Shari’a,
se daba por supuesta. No está sugiriendo que se pueda pecar y ser feliz con
ello. Pide, más bien, que se observe atentamente cuales son las propias
motivaciones para la acción. ¿Es correcto seguir la Shari’a simplemente
porque Dios nos lo dice, o porque queremos evitar el castigo? No, dice
Sam’āni. La actividad humana debe estar motivada por el amor a Dios, así
como Dios estaba motivado por el amor cuando creó el universo, (“Yo era un
Tesoro Escondido, y amé ser conocido”). Resumiendo, Sam’āni escribe para
dar a sus oyentes una buena impresión de Dios. Quiere excitar el amor hacia Él
en sus corazones. Sabe muy bien que tal amor no llevará a inobservar la Shari’a,
sino, más bien, a un entendimiento más serio y profundo de los preceptos
religiosos y a una renovada dedicación a ponerlos en práctica. Como dice el
Qorán: Di [Oh, Mohammad]: “Si amáis a Dios, ¡seguidme!, y Dios os amará y
perdonará vuestros pecados; Dios es Indulgente, Compasivo. (III: 31). La conditio
sine qua non para seguir a Mohammad es observar la Shari’a como
él mismo la observaba.
Para ilustrar la orientación
teórica y las peculiaridades estilísticas de Sam’āni, exponemos unos
cuantos ejemplos, que siguen su interpretación de la caída de Adán, citando a
menudo sus propias palabras. A menos que se preste una minuciosa atención a los
detalles de su texto, es fácil pasar por alto el hecho de que su retórica es al
menos tan importante como su teoría. Se ha de recordar siempre que escribió Ruh
al-arwāh para ser recitado en voz alta y que su sonido e imaginería
proporcionan una buena parte de su fuerza. Pese a que esta imaginería no puede
ser reproducida en la traducción, perderemos mucho más si no lo intentamos.
La Caída de Adán
El punto de vista de
Sam’āni sobre la caída de Adán necesita ser entendido en el contexto del
relato coránico, que resumo aquí recalcando los detalles que Sam’āni
encuentra especialmente importantes:
Dios decide colocar un
vicerregente o representante en la tierra. Antes de crear al vicerregente,
informa a los ángeles acerca de Su decisión. Estos parecen desconcertados, pues
dicen: ¿Vas a poner ahí a quien corrompa en ella y derrame sangre, siendo
así que nosotros celebramos tu alabanza y proclamamos tu Santidad? (Qor II:
30). Dios replicó simplemente que Él
sabía algo que los ángeles no sabían.
Habiendo creado a Adán, Dios
le enseñó todos los Nombres. Fueron estos los nombres de todas las cosas, o los
Nombres de Dios, o ambos, dependiendo de diversas interpretaciones. Dios
preguntó los Nombres a los ángeles, pero ellos admitieron su ignorancia. Dios
pidió a Adán que enseñara los Nombres a los ángeles, y recordó a los ángeles
que Él sabía cosas que ellos ignoraban. Dios entonces ordenó a los ángeles que
se postraran ante Adán, y todos lo hicieron, excepto Iblis[5].
Cuando Dios preguntó a Iblis
por qué rehusaba, éste dijo: Soy mejor que él. A mí me creaste de fuego,
mientras que a él le creaste de arcilla. (Qor VII: 12; XXX-VIII: 76).
De acuerdo con un hadith,
Dios amasó la arcilla de Adán con sus propias manos durante cuarenta días[6]. Luego insufló Su propio
espíritu dentro de él. Fue quizás en este momento cuando Él ofreció la Dádiva a
los cielos, a la tierra, y a las montañas, pero todos ellos rehusaron. El ser
humano (aquí se usa el término al-ensān en lugar de adām)
cargó con la Dádiva y, nos dice el Qorán en el versículo final, ciertamente,
él es un impío, un ignorante. (XXXIII: 72). Esta es la “Alianza del Alast”[7], un tema bien conocido en
la literatura sufí.
Por entonces, Dios había
creado a Eva como compañera de Adán y los puso a ambos en el Paraíso para que
vagasen libremente por donde quisieran. Sin embargo, se les dijo que no se
aproximaran a “este árbol”, al que la tradición identifica con el trigo. De
aquí que Sam’āni aluda frecuentemente a la venta por Adán del Paraíso, por
“un grano de trigo”. Cuando Adán y Eva comen el trigo prohibido, surge el
grito: Adán desobedeció (Qor, XX: 121). Es este el suceso clave, el
‘pecado’ de Adán, por así decir. Pero en consonancia con la perspectiva general
islámica, Sam’āni nunca se refiere a este suceso como un ‘pecado’ (gonāh,
ethm, dhanb), sino más bien como un ‘desliz’ (zellat). Habiendo
cometido un desliz, Adán y Eva se arrepienten, diciendo a Dios: ¡Señor!, nos
hemos perjudicado a nosotros mismos. Si no nos perdonas y te apiadas de
nosotros, seremos, ciertamente, de los que pierden (Qor, VII: 23). Dios les
perdona y, el Qorán nos dice, Su Señor le eligió, le perdonó y le puso en la
buena dirección (XX: 122). En otras palabras, Dios señala a Adán como
profeta. De igual manera, el Qorán nos dice que Dios eligió a Adán junto
con Noé y otros profetas, (III: 33). Finalmente, a Adán y a Eva se les dice: Descended
de aquí (II: 38). Esta es, propiamente, “la Caída” por la cual Adán y Eva
bajaron a la tierra.
Es importante notar que
Sam’āni casi nunca se refiere explícitamente a Eva[8],
no porque las mujeres sean insignificantes, sino más bien porque no está
interesado en aquellos elementos del mito que alienten una diferenciación de
roles por el género[9]. Cuando Sam’āni dice
Adán, sigue al Qorán, y a la mayoría de la tradición islámica, entendiendo la
palabra como referida al primer arquetipo del ser humano[10]. Desde el momento en que
Sam’āni está lidiando con la cuestión de qué significa ser ‘humano’, puede
ignorar la cuestión de qué significa ser hombre o mujer. La caída de Adán es la
caída de todos.
La
Creación de Adán

Adán con sus descendientes (Irán, s. XVII)
Naturalmente, la cuestión
inicial que surge en primer lugar es por qué Dios creó a Adán. Para explicar
esto, Sam’āni tiene en cuenta las dos categorías básicas de Nombres
divinos en que se separan éstos frecuentemente en los textos islámicos: los
Nombres que remiten a la gentileza, a la belleza, a la misericordia y a la
proximidad de Dios, y los Nombres que remiten a Su severidad, Su majestuosidad,
Su cólera y Su alejamiento[11].
Los seres humanos son los
únicos, entre todas las cosas creadas, que pueden conocer a Dios y a su creación entera, en cuanto que a
ellos solos les fueron enseñados todos los Nombres de Dios, tanto los de
majestad como los de belleza. Sin embargo no vienen al mundo conociendo estos
Nombres de manera consciente. Sam’āni apunta que cuando Adán estaba en el
Paraíso, aún no había realizado completamente el conocimiento de esos Nombres.
Había llegado a conocer el significado de los Nombres de belleza y
misericordia, pero no conocía la significación de los Nombres de majestad y
cólera. Para ganar esta comprensión, debía primero descender a la tierra.
Dios llevó a Adán al jardín de la gentileza y le
sentó sobre el trono de la felicidad. Le dio copas de gozo, una tras otra.
Luego, le envió fuera, gimiendo, ardiendo, lamentándose. Así pues, de igual
manera que Dios le permitió, al principio, gustar la copa de la gentileza, así
también le hizo probar, al final, el trago de la severidad pura, sin mezcla,
inmotivada.
(Sam’āni, 1.989, p. 199)
puesto que Dios es infinito,
son también infinitos los modos en los que se puede realizar el conocimiento de
Sus Nombres. Esto significa que no es
suficiente que el mismo Adán conozca los Nombres de Dios. Cada uno de sus hijos e hijas debe también
conocer los Nombres a su manera genuina y propia. Solamente entonces pueden llegar a realizarse todas las
potencialidades de la constitución humana original. Una implicación de esta
perspectiva es que el infierno
mismo demanda la existencia humana en este mundo. El Infierno no es sino un
dominio regido casi exclusivamente por los Nombres de la cólera y la severidad,
igual que el Paraíso está regido por los Nombres de la misericordia y la
gentileza, mientras que el mundo presente está gobernado por los efectos de
ambas clases de Nombres. El hecho de
que Dios sea misericordioso y colérico demanda que existan ambos, Paraíso e
Infierno. De aquí que, según Sam’āni, cuando quiso explicarle por qué era
necesario para él dejar el Paraíso, Dios se dirigiera a Adán como sigue:
En el crisol de tu existencia brillan joyas y
piedras como azabaches sombríos. Ocultas en el océano de tu constitución hay
perlas y escoria. En cuanto a Nos, tenemos dos casas: en una desplegamos el
mantel de la buena dicha... En la otra encendemos el fuego de la cólera... Si
estuviéramos por permitirte quedarte en el jardín,
Nuestro Atributo de la severidad no sería satisfecho. Así que, deja este lugar
y desciende al horno de la aflicción y al crisol de la distancia. Luego te
pondremos al descubierto los depósitos, artefactos, sutilezas y tareas que se
esconden en tu corazón.
(Sam’āni, 1.989, p. 297)[12]
La gentileza y la severidad
de Dios son reflejadas en las dos dimensiones de la naturaleza de Adán,
dimensiones que la tradición llama ‘espíritu’ y ‘arcilla’. El Atributo de la
gentileza está conectado al espíritu, mientras que el Atributo de la severidad
está más estrechamente confinado en la arcilla. Pero decir esto no es devaluar
la arcilla, pues la severidad es también un Atributo divino. Sin arcilla, Adán
habría sido un ángel, no un ser humano, y entonces no podría haber realizado la
función para la que había sido creado.
Si hubiera sido solamente espíritu, los días de Adán
habrían estado libres de mancha y sus actos habrían permanecido sin
adulteración. Pero los actos inmaculados no son apropiados para este mundo, y
desde el principio él fue creado para la vicerregencia de “este” mundo.
(Sam’āni, 1.989, p. 420)
Este último punto es
importante, y Sam’āni se refiere a ello a menudo. El Qorán establece
explícitamente que el propósito de Dios al crear a Adán fue colocar un
vicerregente en la tierra. Adán no podría haber sido el vicerregente si
hubiera permanecido en el paraíso.
Adán no fue llevado del Paraíso a este mundo a causa
de su desliz. Incluso suponiendo que no hubiera cometido un desliz, hubiera
sido traído a este mundo. La razón para ello es que el cetro de la
vicerregencia y el tapiz de la soberanía estaban esperando la llegada de su pie. Ibn ‘Abbās dice:
“Dios le había sacado del Jardín antes de ponerle en él.”
(Sam’āni, 1.989, p. 313)
Si Dios creó a Adán para ser vicerregente en la
tierra, ¿por qué no le colocó allí inmediatamente? Sam’āni ofrece varias
respuestas a esta cuestión. En este lugar, replica que para valerse de la
naturaleza del Paraíso, que está dominado por los Atributos de la misericordia
y la gentileza. En el momento de ser creado, Adán era como un niño, así que no
tenía la fortaleza para soportar la cólera y la severidad de Dios. De aquí, que
Dios le mimara y le criara durante un tiempo hasta que ganara fuerza. Luego le envió a este mundo, donde los
Atributos de la severidad y de la cólera se despliegan abiertamente.
Adán era todavía un niño, así que Dios le llevó por
la senda de las caricias. La senda de los niños es una cosa, el horno de los
héroes otra muy diferente. Adán fue llevado al Paraíso a hombros de los ángeles
grandes del reino de Dios. El Paraíso fue convertido en cuna para su grandeza y
en diván para su liderazgo, puesto que aún no tenía la fuerza necesaria para
[soportar] la corte de la severidad.
(Sam’āni, 1.989, p. 262)
Una de las varias virtudes de la caída de Adán es
que pavimentó el camino de sus descendientes para entrar en el Paraíso.
Sam’āni nos dice que Dios envió a Adán fuera del Paraíso con la promesa de
que le traería de regreso con todos sus hijos.
Entonces, las criaturas todas vendrán a saber que,
igual que Nos podemos sacar del Paraíso la forma de Adán por medio del Atributo
de la severidad, así también podemos traerle de regreso mediante el Atributo de
la gentileza.
Mañana,
Adán entrará en el Paraíso con sus hijos. Un gemido se alzará desde todas las
partículas del Paraíso a causa de la aglomeración. Los ángeles del mundo del
dominio mirarán con maravilla y dirán: “¿Es éste el mismo hombre al que hace
pocos días echó del Paraíso en pobreza e indigencia?” Adán, sacarte del Paraíso
fue correr una cortina sobre este asunto y echar un cobertor sobre los
misterios... Sufre un poco de dificultad, y luego, en pocos días, ¡toma el
tesoro!
(Sam’āni, 1.989, p. 91-92)
Amor
Como Rumi y muchos otros sufíes, Sam’āni
encuentra la clave de la existencia humana en el amor de Dios por los seres
humanos y en el amor humano por Dios. Frecuentemente comenta el verso coránico:
Él les ama y ellos le aman. (Qor, V: 54). Nada, excepto los seres
humanos, puede amar a Dios con amor completo, ya que ninguna otra cosa está
hecha a la propia imagen de Dios.
Dios creó a cada criatura de acuerdo con la demanda
del poder, pero creó a Adán y a sus hijos de acuerdo con la demanda del amor.
Creó otras cosas en atención a ser el Fuerte, pero os creó en atención a ser el
Amigo.
(Sam’āni, 1.989, p. 223)
Pese a que la manifestación de la grandeza de Adán
depende de una dimensión ajena a su autoconocimiento como ‘arcilla’ (guel),
el verdadero locus de su gloria yace en la más profunda dimensión de su
mismidad conocida como ‘corazón’ (del), pues el corazón es donde Dios
mira y donde nace el amor a Él.
El lugar del amor es el corazón, y el corazón es oro
puro, la perla del océano del pecho, el rubí de la más recóndita mina del
misterio... La majestad divina, poniendo Su mirada sobre él, lo pulió, y el
bruñidor del Invisible colocó su contraste sobre él, haciéndolo brillante y
puro... Los trazos de las luces de la belleza del Amor incondicional aparecen
en los espejos de los corazones píos. El amor humano subsiste a través del Amor
de Dios.
(Sam’āni, 1.989, p. 519-520)
El amor, es necesario recordarlo, nunca puede estar
separado del dolor y de la angustia. Los amantes anhelan a su amada, y cuanto
más difícil de alcanzar es la amada, más grande es el sufrimiento de los
enamorados. La meta del amor es la unión, y los Atributos divinos que rodean la
unión son los de la misericordia y la gentileza. Pero así como el amor demanda
unión, de igual manera demanda separación. No puede haber amor sin prueba y
aflicción. El amor verdadero se prueba a sí mismo intensificándose cuando el
amado está lejos. He aquí por qué el amante debe experimentar los efectos de
los Nombres de cólera y severidad, puesto que son los Nombres que manifiestan
el alejamiento de Dios. En este mundo, y en el Infierno, el efecto de estos
Nombres divinos es aflicción, pena y sufrimiento.
Desde el Trono hasta la tierra, ningún amor es
confinado en otro sitio que en la casa del dolor y del goce humanos. Muchos
ángeles puros y sin pecado había en la Corte, pero solamente este puñado de
polvo era capaz de cargar con el peso de este versículo que derrite el cuerpo y
calcina el corazón: Él les ama, y ellos Le aman.
(Sam’āni, 1.989, p. 488)
El amor es una cualidad divina correlativa a Dios
Mismo, que es al tiempo bello y majestuoso, misericordioso y colérico, gentil y
severo, próximo y distante. Los ángeles están aislados del amor de Dios porque
no pueden gustar el verdadero alejamiento, mientras que las bestias están lejos
del Amor porque no pueden experimentar la verdadera cercanía. Los seres humanos
están entrelazados entre la cercanía y el alejamiento. Todos los Atributos
opuestos brotan juntos en ellos. Solamente ellos pueden amar verdaderamente a
Dios, en quien todos los opuestos coinciden.
En los dieciocho mil mundos, nadie, excepto los
seres humanos, apura la copa que sostiene la Alianza preeterna de “ellos le aman”.
(Sam’āni, 1.989, p. 156)
Los seres humanos son la corona de la creación de
Dios, en tanto que manifiestan el rango completo de los Atributos divinos. Sin
ellos, sin duda, el mundo sería un lugar gris.
Antes de que Adán fuera traído a la existencia,
había un mundo lleno de las cosas existentes, criaturas, formas, cosas
determinadas; pero todo ello era un guiso insípido. Se echaba de menos la sal
de la pena. Cuando ese gran hombre pasó del lugar oculto de la no-existencia al
espacioso desierto de la existencia, la estrella del amor empezó a brillar en
el cielo del pecho de la arcilla de Adán. El sol del enamoramiento empezó a
arder en el cielo de su más recóndito misterio.
(Sam’āni, 1.989, p. 295)
Lo que hizo grande a Adán fue el hecho de que cargó
con el peso de la Dádiva. Para Sam’āni esta Dádiva es el Amor a Dios.
Solamente Adán sabía el secreto del amor,
pues esto era la causa subyacente de su propia existencia. Él sabía que su amor
no podría ser nutrido y fortificado hasta que gustase la pena de la separación
y la severidad. Por esto comió del fruto prohibido.
En armonía con la munificencia y generosidad de
Dios, Adán fue enviado al Paraíso donde se sentó en el diván del poderío. La
totalidad del Paraíso fue puesta bajo su mando, pero no le dedicó atención,
porque no vio ni una pizca del pesar o de la realidad del Amor. Se dijo: “El
aceite y el agua no se mezclan”.
(Sam’āni, 1.989, p. 237)
Dios fue partícipe, desde luego, en la desobediencia
de Adán, porque le había creado para la vicerregencia, que es inseparable del
Amor. Y la esencia del Amor es el anhelo y el dolor de corazón. Como recalca
Sam’āni:
Este Señor, que fue capaz de proteger a José de
cometer un acto reprobable, pudo haber prevenido a Adán de gustar del árbol.
Pero puesto que el mundo ha de estar lleno de tumulto y aflicción, ¿qué podía
hacerse?
(Sam’āni, 1.989, p. 296)
Cuando Dios ofreció la Dádiva a los cielos, la
tierra y las montañas, todos ellos rehusaron, puesto que no conocían los
secretos del amor. Pero Adán, como amante, pensó solamente en su amado. Por ello, no se molestó en mirar
su propia incapacidad, incluso a pesar de que la Dádiva era una pesada carga
temida por toda la creación.
¡La pobre pelota de polo en el campo! Cogida en el
codo del palo, rueda sobre su propia cabeza, empujada por las manos y los pies
de los jugadores. Si éste la alcanza: palo. Si la alcanza éste otro: palo. Un frágil
puñado de polvo fue colocado en el codo del mazo de polo: la severidad del
Todopoderoso. La pelota se precipita desde el principio del campo ─la
voluntad divina sin-inicio ─ hasta el final del campo ─el
deseo divino sin-fin. Delante del campo un cartel dice: Él no será
cuestionado por lo que Él hace, pero ellos serán cuestionados (Qor XXI:
23). Detrás del campo hay un segundo letrero: Él hace lo que Él desea
(Qor LXXXV: 16).
Pero con la pelota fue
cerrado un trato: “Atente a la contemplación del Sultán, no al golpear del
mazo”. Aquellos que atendían al golpear del mazo desaparecían de la corte. Ellos
rehusaron la Dádiva (Qor XXXIII: 72). Entonces Adán, con agallas de león,
se alzó con la carga de la Dádiva. Como cosa hecha, cosechó el fruto... El cielo
y la tierra vieron la carga (bār) de hoy. pero Adán vio la audiencia (bār) de la corte real
de mañana. Se dijo: “Si no llevo esta carga, no seré mostrado mañana en la
corte de la Majestad”. Como un hombre, asumió la tarea. De aquí, que llegara a
ser la punta del compás de los misterios. En verdad, los siete cielos y la
tierra no han olido ni una pizca de estas palabras.
(Sam’āni, 1.989, p. 186-187)
Aspiración y Discernimiento.
La marca de los enamorados es su elevada aspiración.
Se esfuerzan solamente por su Amado, que es Dios. Para alcanzarle, deben alejar
su atención de todas las cosas del universo creado, incluso del Paraíso.
Adán tenía aspiración en su cabeza. Daba y recibía a
través de su propia aspiración. Todo lo que alcanza el ser humano, lo alcanza a
través de la aspiración. De otra manera, a través de lo que se encuentra en su
propia constitución, no alcanzaría nada. al
principio, cuando Adán vino a la existencia... los ángeles se postraron ante
él, y el nombre del reino y de la vicerregencia fue memorado en la proclamación
de su Alianza preeterna. Los ocho Paraísos le fueron dados a él solo. Oh,
Adán, morad en el Jardín tú y tu esposa... (Qor II: 35). Su ilimitada
aspiración le situó como un Sultán en el caballo del Amor. Tomó la flecha de la
unicidad de la aljaba del desapego y tendió el arco hasta su límite. Alcanzó al
hermoso pavo real del Paraíso, que estaba pavoneándose en el jardín de la
Sempiternidad. Supo que ésta era la senda del desapego, el trabajo de los de
aspiración elevada, la corte de los llevados junto a Dios. Tiempo, espacio,
entidades, efectos, trazas, formas, cosas existentes y objetos de conocimiento
deben ser borrados completamente de delante de ti. Si alguno de ellos salta a
tu regazo, el nombre de la libertad no prenderá en ti. Mientras no llegues a
ser libre, nunca serás un verdadero siervo de Dios.
(Sam’āni, 1.989, p. 120)
El amor, entonces, significa ser libre de todo lo
existente en el mundo creado, por amor a Dios. Es servir a Dios, sin más. Y
solamente los seres humanos están dotados de una constitución que les permite
servir a Dios en Su Realidad infinita y omnicomprehensiva, abrazando ambos
Atributos de belleza y majestad, gentileza y severidad. Sam’āni nos dice
que Dios se dirigió a los ángeles y a los seres humanos como sigue:
¡Oh Redhwān, El Paraíso te pertenece!
¡Oh Mālek, el Infierno te pertenece! ¡Oh Querubín, el Trono te
pertenece! ¡Oh tú, con el corazón ardiente, tú que cargas con el sello de mi amor! Tú me perteneces, y Yo te pertenezco.
(Sam’āni, 1.989, p. 598)[13]
Si los seres humanos están llamados a aspirar a
Dios, necesitan ser capaces de diferenciar entre Dios y todo lo demás. De aquí
que la llave para el amor y la perfección humanos sea un corazón discerniente,
uno que vea a Dios en el seno de la confusa multiplicidad de la creación. Adán
proporciona el modelo para los amantes de Dios, puesto que no fue seducido ni
siquiera por el Paraíso.
En realidad, el amor ha quitado el oropel de ambos
mundos. En el mundo de la servidumbre, Paraíso e Infierno tienen valor. Pero en
el mundo del amor, los dos no valen ni una pizca de polvo. Se dio el octavo
Paraíso a Adán, el elegido. Él lo vendió por un grano de trigo. Colocó las
mercancías de la aspiración sobre el corcel de la buena fortuna y descendió al
mundo del dolor de corazón.
(Sam’āni, 1.989, p. 170)
Adán hubo de ir al Paraíso para ver lo mejor de la
creación. Habiéndolo visto, podía medir
su valor frente a su propio amado.
La raíz de todo negocio es el discernimiento del
valor. El Sultán de la Aspiración de Adán se sentó en el caballo de su
mayestático estado. Entonces cabalgó hasta el Jardín para medir su valor. [En
jurisprudencia] hay diferencias de opinión acerca de si una persona puede o no
comprar lo que no ha visto. Pero nadie discute que no se puede juzgar el valor
de algo sin haberlo visto. “Oh, Adán, ¿qué vale para ti entrar en el Paraíso?”
Él respondió: “Para alguien que tema el Infierno el Paraíso vale mil vidas.
Pero para alguien que te tema a Ti, el Paraíso no vale un grano.” He aquí, que
la razón de llevar a Adán al Paraíso fuera poner de manifiesto su aspiración.
(Sam’āni, 1.989, p. 314)
Cuando Adán vio que el Paraíso no tenía valor,
naturalmente decidió partir. Pero Dios se lo había dado como su dominio propio.
La única manera de salir rápidamente era romper el mandamiento de Dios y sufrir
su disfavor.
Cuando Adán procuró el grano de trigo, no es que no
supiera lo que era. Al contrario, lo sabía, pero lo convirtió en su propio
atajo.
(Sam’āni, 1.989, p. 198)[14]
Pobreza y necesidad
El amor humano nace de la necesidad (niyāz),
a la que Sam’āni llama fuego en el corazón, dolor en el pecho, ceniza
en el rostro. (Sam’āni, 1.989, p. 186). Si tienes algo,
no lo necesitas. Dios posee todas las perfecciones en Él mismo y no tiene
necesidades. Solamente aquellos que no poseen ninguna perfección pueden amar a
Dios completamente. En la medida en que la gente encuentra riqueza e
independencia en sí misma y se vea como positiva y buena, estará vacía del amor
a Dios. El secreto del amor de Adán era que se vio a sí mismo como nada. Esto
ayuda a explicar por qué los sufíes llaman a su camino la senda de la
“pobreza”. Como pone el Qorán: ¡Hombres! Sois vosotros los necesitados
[pobres] de Dios; mientras que Dios se basta a Sí mismo. Él es el rico, el Digno de alabanza. (XXXV: 15). Sam’āni
cita a un gran sufí sobre la cuestión de la pobreza y la necesidad:
Sahl
Ibn ‘Abdallāh Tostari dijo: “consideré
este asunto y vi que no se toma otra senda hacia Dios que la necesidad
[efteqār], y que no hay velo más tupido que la pretensión [da’wā].”...
Mira la senda de Iblis y no verás nada sino pretensión. Luego mira la
senda de Adán, y no verás nada sino necesidad. Oh, Iblis, ¿qué dices? Yo soy
mejor que él (Qor VII: 12). Oh, Adán, ¿qué dices? ¡Señor!, nos hemos
perjudicado a nosotros mismos (Qor VII: 23). Dios sacó
todas las cosas existentes del envoltorio de la no-existencia al plano abierto
de Su decreto, pero la planta de la necesidad creció solamente en la tierra.
Cuando este puñado de tierra fue moldeado, lo fue con el agua de la necesidad. Lo
tenía todo, pero tenía que tener la necesidad como un bien, para que nunca
cesara de gemir delante de la corte de Dios.
La constitución de Adán fue moldeada con la necesidad, y él recibió
ayuda de la necesidad. Los ángeles mismos tuvieron que postrarse delante de él,
y fue colocado en el trono del reino y la vicerregencia, mientras que los
ángeles cercanos a Dios fueron colocados detrás de él. Pero su necesidad no
decreció por una simple mota de polvo. Fue llevado al Paraíso, y fue hecha esta
proclamación: Comed de cualquier cosa tranquilamente vosotros dos, por donde
queráis (Qor II: 35). “El octavo Paraíso os pertenece; vagad libremente a
vuestra voluntad.” Pero su pobreza no desapareció.
(Sam’āni, 1.989, p. 90)
La necesidad de Adán le distinguió nítidamente de todas las demás criaturas, que
están satisfechas con lo que tienen. Adán nunca puede ser satisfecho, ya que
desea al Infinito.
Dicen
que en la Tabla Custodiada está escrito: “Adán, no comas el trigo.” Y en el mismo lugar está escrito que lo comió. Seguramente el ser
humano es de naturaleza impaciente (Qor LXX: 19). La voracidad de los hijos
de Adán viene del tiempo del mismo Adán. Quienquiera que no es voraz no es un
ser humano. Por mucho que una persona coma, ha de tener más. Si alguien come y
dice “Estoy lleno”, está mintiendo. Hay más sitio aún.
(Sam’āni, 1.989, p. 156)
La necesidad de Adán por Dios nace de su reconocimiento de que él mismo es nada.
Este reconocimiento de su propia irrealidad le distingue de los ángeles que
piensan de sí mismos como algo.
Antes
de Adán era el tiempo de los ricos y de los poseedores de capital. Tan pronto
como llegó el turno a Adán, surgió el sol de la pobreza y de la necesidad, y la
indigencia hizo su aparición. Había un grupo de criaturas aposentado en el tesoro
de la glorificación y llamando santo a Dios. Eran pregoneros de sus propios
bienes: Nosotros celebramos Tu alabanza y proclamamos Tu Santidad (Qor
II: 30). Pero Adán era un hombre pobre que vino de la choza de la necesidad y
de la privación. La pobreza era su recurso, así, en remordimiento, elevó un
lamento en la corte del Todopoderoso: ¡Señor!, nos hemos perjudicado a nosotros mismos (Qor VII: 23).
¡Oh, derviche! Ellos toman la moneda rechazada por los mendigos en vez
del buen dinero contante y
sonante; cierran sus ojos a la transacción. Pero, cuando la riqueza es la
cuestión, son muy cuidadosos. Sin duda, los ángeles del dominio tienen muchos
capitales, pero entre estos había un cierto monto de auto-alabanza. Adán no
tenía capital, pero su pecho era una mina para la joya de la necesidad, una
ostra para la perla de la pobreza...
¡Oh, ángeles del dominio, oh, habitantes de los recintos de la santidad
y de los jardines de la intimidad! Sois todos opulentos y poseedores de
riquezas, pero Adán es un hombre pobre, y mira hacia sí con menosprecio.
Vuestra buena moneda está adulterada, porque volvéis vuestra mirada hacia
vosotros mismos. Debéis colocar ya la buena moneda de vuestras propias obras
dentro del horno de la necesidad de Adán. Él es el aquilatador de la presencia
divina. Postraos vosotros ante Adán (Qor II: 34).
(Sam’āni, 1.989, p. 294-295)
Humildad
La necesidad de Adán implica que él reconozca su
propia incapacidad y falta de valor. La necesidad demanda humildad, que es el
reconocimiento de la debilidad y la nada humanas frente a la Realidad divina.
La humildad ve todo lo bueno como viniendo de Dios, y todo lo malo como
viniendo de uno mismo.
Las limosnas se dan al necesitado, y nosotros somos
los necesitados. Nuestro “bien” es, de hecho, un desliz, mientras que el mal es
nuestro propio atributo. A nuestro padre Adán se le dio la tiara de la elección
y la corona de ser elegido. Él, luego, cayó prisionero del grano de trigo.
¿Cuál es entonces el estado de nosotros, los hijos, que hemos sido dejados en
el santuario de este mundo? “Cuando al inicio de la botella salen las heces,
¿cuál piensas que será su fondo?”
(Sam’āni, 1.989, p. 261-262)
Pero si nuestro vino es todo heces, entonces, ello
es nuestra ganancia, y no nuestra pérdida.
Deberías saber con certeza, que el grano de trigo
que Adán colocó en su boca era la fortaleza de toda su vida. La naturaleza
humana demanda observar, y quienquiera que se observa a sí mismo no será
salvado... El grano de trigo se
convirtió en la fortaleza de Adán. Cada vez que Adán se observaba a sí mismo,
se veía en ignominia. Se adelantó en súplica de perdón, no en orgullo. Para que
una persona sea viajera en la senda hacia Dios, debe decir: “La alabanza
pertenece a Dios,” cada vez que vea un acontecimiento dado por Dios. Y cada vez
que mire a sus propias acciones, debe decir: “Pido perdón a Dios.”
(Sam’āni, 1.989, p. 206-205)[15]
A causa de su desliz, Adán reconoce que sus propios
atajos son la realidad dominante de su propia existencia. Él no es nada sino
impureza. Cualquier otra cosa viene de la providencia divina. De aquí que,
lejos de ser una falta, la caída de Adán sea su salvación y su gloria. Cuando
el Qorán dice que el ser humano es “un torpe, ignorante” mientras relata como
cargó con la Dádiva , no se trata de una crítica, sino de una afirmación de su
virtud salvadora. Igualmente, el “alma que ordena el mal” (nafs-e
ammāra), que cada ser humano debe confrontar, hace posible el ascenso
allende los cielos hacia Dios.
Si
un palacio no tiene cerca un basurero, está incompleto. Debe de haber un
basurero cercano a un soberbio palacio para que todo lo desechable y la inmundicia
que se acumule en el palacio puedan ser arrojados allí. De la misma manera,
cuando Dios moldeó un corazón mediante la luz de la pureza, Él colocó esta alma
impura cerca de él como depósito para el polvo. La negra mancha de la
“ignorancia” vuela con las mismas alas de la joya de la pureza. Es necesario
que haya un poquito de corrupción para que la pureza pueda ser edificada sobre
ella. Una flecha recta necesita un arco curvado. ¡Oh, corazón, sé como una
flecha recta! ¡Oh, alma, toma la forma de un arco curvado!...
Cuando vistieron el
corazón con el vestido de la pureza, mostraron al corazón esta negra mancha de
torpeza e ignorancia para que así recuerde y sepa éste quien es. Cuando un pavo
real despliega todas sus plumas, obtiene de cada pluma un goce diferente. Pero
tan pronto como mira hacia abajo a sus propios pies, se avergüenza. Esta negra
mancha de la ignorancia es el pie del pavo real que siempre permanece contigo.
(Sam’āni, 1.989, p. 288)
La lección que se necesita aprender de todo esto es
que la imperfección es parte de la naturaleza humana, que Dios lo sabe muy
bien, y que nadie debe desesperar de la misericordia de Dios. Al mismo tiempo,
se tiene que aprender una lección de los ángeles y no sentirse nunca orgulloso
de las buenas obras propias, pues verse a sí mismo como bueno es verse
erróneamente, ya que todo lo bueno procede de Dios.
Los
ángeles no tuvieron ningún desliz, ni en el pasado ni en el futuro. Pero habría
un desliz por parte de Adán en el futuro, pues Dios dijo: Y Adán desobedeció
(Qor XX: 121). Sin embargo, bajo esto hay un secreto escondido, pues los
ángeles vieron que eran puros, mientras que Adán vio que él era indigente. Los
ángeles estaban diciendo: Nosotros celebramos Tu alabanza y proclamamos Tu
Santidad (Qor II: 30), esto es, nos mantenemos puros por Tu gracia. Adán
decía: ¡Señor!,
nos hemos perjudicado a nosotros mismos
(Qor VII: 23). Dios le mostró que el desliz de aquél que ve su desliz es mejor
a Sus ojos que la pureza de aquél que ve su pureza. es por esto por lo que Dios dio a Adán el honor de ser el
objeto ante el que se hiciera la postración, mientras que dio a los ángeles el
atributo de ser los postradores. Por tanto, las personas obedientes no deben
sentir auto-satisfacción, y las desobedientes no deben perder la esperanza.
(Sam’āni, 1.989, p. 406)
El perdón de Dios.

Adán con José, Jonás y Noé (Irán, s. XVIII)
La imperfección humana conduce a la perfección del
amor. La conciencia de la imperfección aleja a la gente de fijarse en sí misma
y les alienta a volver su aspiración hacia el Amado. Al mismo tiempo, la
imperfección permite a Dios mostrar Sus perfecciones. Sin pecadores, ¿cómo
podría Él ser Indulgente? De aquí, que la indulgencia de Dios requiriese la
caída de Adán. Sam’āni cita un hadith del Profeta que alude al
papel de la indulgencia de Dios para traer el pecado a la existencia: “Si tú no
pecaras, Dios traería gente que pecara para que Él pudiera perdonarles.”
Los ángeles fueron honrados con la Presencia Divina.
Cada uno de ellos la reverenció mientras vestía un manto de impecabilidad y un
arete de obediencia. Pero tan pronto como llegó el turno de la tierra, ellos
gritaron desde lo alto de su pureza y empezaron a pregonar en el bazar de “yo y
nadie más”, diciendo: Nosotros celebramos Tu
alabanza y proclamamos Tu Santidad.
“¡Oh, ángeles del dominio
celestial! Pese a que sois obedientes, no tenéis en vuestras almas ciega
pasión, ni tenéis oscuridad alguna en vuestra constitución. Si los seres
humanos desobedecen, tienen pasión ciega y oscuridad. Vuestra obediencia, junto
con toda vuestra fuerza, no vale una mota de polvo ante Mi majestuosidad y Mi
grandiosidad. Y su desobediencia, junto con toda su fragilidad y su abyección,
no disminuye Mi dominio. Vosotros os agarrais fuertemente a vuestra propia
impecabilidad, pero ellos se agarran fuertemente a Mi misericordia. A través de
vuestra obediencia hacéis manifiestas vuestra impecabilidad y vuestra grandeza,
pero a través de su desobediencia ellos hacen manifiestas Mi generosidad y Mi
misericordia”.
(Sam’āni, 1.989, p. 300)
En un largo pasaje, Sam’āni cita
consideraciones de varios grandes profetas para mostrar que cada uno de ellos
realizó ciertos actos reprobables. Pero esto no es un signo de su imperfección,
sino más bien de la misericordia de Dios. Dios quiso proveer al ser humano con
excusas para sus debilidades. Sam’āni empieza con el profeta Adán:
La perfección de la gentileza divina hizo caer una
mota de polvo en el ojo de los días de cada gran persona. De aquí que aquellos
que vengan después tendrán algo a lo que aferrarse. Adán cayó de cabeza en la
Morada de la Impecabilidad. El Señor Todopoderoso decretó un desliz desde el
principio, de modo que esta morada fuera una morada de pecadores. Por tanto, si
una persona débil cayese de cabeza, no debería por ello perder la esperanza.
Sino que debería decir: “En la morada de la subsistencia, en la casa de la
Dádiva, en la estación de la seguridad, y en el lugar del honor, Adán cayó de
cabeza y el Señor Todopoderoso aceptó su excusa. En la morada de la
aniquilación, en la casa de la aflicción, y en el mundo del pesar y de los
problemas, no será extraño si una persona débil cae de cabeza, y el Señor
Todopoderoso no se lo tomará en cuenta sino que, muy al contrario, aceptará sus
excusas.”
(Sam’āni, 1.989, p. 309)
En resumen, Sam’āni ve el drama entero de
la caída en términos de bondad y misericordia de Dios. Dios desea hacer a los
seres humanos conscientes de su propia nada, para que den así de lado la
auto-adoración y se abran a Su gentileza, amor, e indulgencia[16]. Cito un pasaje final que resume
sus puntos de vista:
Derviche,
te diré un secreto... En la hilera de la pureza dieron a Adán, el elegido, una
copa llena del inmezclado vino del amor. Desde las Pléyades distantes hasta el
fin de la tierra establecieron la tiara de su buena fortuna y el espejo de su
magnificencia. Luego, ordenaron a los mismos ángeles del reino celestial
postrarse ante él. Pero su magnificencia, su honor, su eminencia, su buena
fortuna, su alto nivel, y su pureza no aparecieron en esta postración. Todo
ello apareció en Adán desobedeció (Qor XX: 121). En certeza y en verdad,
esas palabras se elevan más alto que el Trono de la majestad de Dios. ¿Por qué?
Porque ser tratado amablemente en el tiempo de la conformidad no es prueba de
honor. Ser tratado amablemente en el tiempo de la oposición es la prueba del
honor.
El elegido y bello
Adán se sentó en el trono de la majestad y de la perfección con la corona de la
prosperidad en su cabeza y el vestido de la munificencia en torno a su pecho.
La montaña de la beneficencia estaba en la puerta, los pilares del asiento de
su buena fortuna eran más altos que el Trono, la sombrilla de la realeza estaba
abierta sobre su cabeza, y él mismo había ondeado sobre el mundo el exaltado
estandarte del conocimiento. Si los ángeles y las esferas celestiales tuvieron
que besar el suelo ante él, no es de extrañar. Lo que es sorprendente es que él
cayera en el hoyo de este desliz. Su erguida estatura, que había sido levantada
por Dios eligió a Adán (Qor III: 33), vino a ser doblada a causa de Adán
desobedeció. Entonces, desde el cielo de la gentileza eterna, la corona de Su Señor le eligió (Qor XX: 122) tomó alas. Oh, derviche, si Dios no hubiera querido
aceptarle con todos sus defectos, no le hubiera creado con todos esos
defectos...
No pienses que Adán fue arrojado del Paraíso por comer algo de trigo.
Dios quiso sacarle fuera. El no rompió ningún mandamiento. Los mandamientos de
Dios no pueden romperse. Mañana, Dios traerá al Paraíso a un millar de millares
de gentes que cometieron grandes pecados. ¿Sacaría Él a Adán del Paraíso por un
pequeño acto de desobediencia?.
(Sam’āni, 1.989, p. 150-151)
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Éste artículo fue originalmente presentado en
la conferencia sobre “Sufismo persa, desde sus orígenes hasta Rumi,” Mayo,
11-13, 1.992, en la Universidad George Washington, Washington, D.C.
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Notas.
Por favor, valore este contenido.