
Miniatura del libro de los Reyes. Irán, s. XVII
Un erudito, vecino de
Bāyazid, no podía soportar la veneración y el respeto que la gente
demostraba hacia este anciano sufí. El hombre, seguro de su alto nivel de
conocimiento y de la claridad de su mente, decidió poner a prueba al maestro
para demostrar a la gente la falsedad de los estados que le atribuían.
Fue pues a ver al maestro y, sabiendo que cualquier
respuesta era una trampa en la que uno se quedaba atrapado, le dijo:
“Vengo para que contestes a esta pregunta: si Dios es capaz
de hacer todo cuanto desea, ¿sería también capaz de crear una piedra tan
inmensa que ni siquiera Él mismo fuera capaz de levantarla?”
Bāyazid, consciente de la mala fe del hombre, le
contestó con una respuesta que no era la que el hombre esperaba:
“En el monte M… hay una cueva. En esa cueva vive un amigo
mío. Él te ofrecerá la respuesta que buscas.”
“Bueno -dijo el hombre- ya que no me das la
respuesta tú mismo, revélame al menos algunos de los misterios divinos.
Demuéstrame que verdaderamente eres lo que la gente piensa que eres”.
Bāyazid le replicó: “Aquel amigo mío te revelará todos
los misterios que andas buscando. Todo lo que debes hacer es preguntarle, te lo
prometo”.
El hombre se puso en camino pensando en su interior que, por
elevada que fuera la santidad del ermitaño con el que se iba a encontrar, sería
incapaz de responder a sus preguntas. Después de una larga búsqueda, encontró
la cueva y sin dudarlo entró en ella. El interior de la cueva estaba oscuro, y
el hombre al principio no veía nada, hasta que, poco a poco, sus ojos se fueron
acostumbrando a la oscuridad y pudo ver el interior de la cueva que parecía
estar vacía. “¡Vaya!, todo esto era una broma de Bāyazid. El pobre no
encontró otra manera para confesar su falsedad”, pensó el hombre. Se dio la
vuelta para salir de la cueva, y se encontró de repente frente a un horrible y
tenebroso dragón. Nada más ver a la bestia, el hombre sintió un espanto tan
inmenso que ensució su ropa y, aterrado, huyó tan rápido de la cueva que perdió
sus sandalias, abandonándolas en la cueva, y bajó toda la montaña descalzo.
El hombre fue directamente a casa de Bāyazid, y en ese
lamentable estado se presentó ante el maestro.
Al ver al hombre, Bāyazid le dijo: “¡Por el amor de
Dios! Si ni siquiera pudiste mantener tu cordura, ni buscar tus sandalias por
el temor que sentiste al encontrarte con una de las criaturas de Dios, ¿cómo
podías entonces esperar que fueran revelados a tu incredulidad los
misterios divinos, frente a cuya majestuosidad se derrumban las montañas?”.
El hombre al escuchar al maestro, se echó a sus pies y le
rogó que le perdonara.
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