Avanzas y avanzas, doblado por el viento,
quemado por el sol,
y la flauta del pastor te dice “la Senda es sangre”;
hasta que gritas, ¡no puedo más!,
hasta que el lago de sal
no es otro que tus lágrimas secas
que reflejan el monte del gozo
más cercano a ti que tu corazón.
De esta manera expresaba la inspirada
decana de los estudiosos del sufismo, la Profesora Annemarie Schimmel, su
visión de la Senda sufí, una Senda que nunca abrazó formalmente pero con la
cual mantuvo siempre una estrecha relación, trabajando con maestros y
discípulos que sí estaban directamente comprometidos.
Murió a la edad de ochenta años, el pasado 26 de enero, en
Bonn, ciudad en la que vivía tras jubilarse de su puesto de profesor en la
Universidad de esta ciudad; había compartido ese trabajo con un puesto de
profesor en la Universidad de Harvard, de la cual era también emérita. Tras
sufrir una caída que la llevó a ser ingresada en el hospital, al ser operada,
entró en un estado de coma del que sólo saldría en una ocasión.
Antes de entrar al quirófano, había dictado la parte final
del último capítulo de su última obra. Cuando salió del coma, consciente de que
su tiempo llegaba a su fin, dictó sus últimas voluntades y su testamento, y
luego expiró, indómita hasta el final.
Ha dejado ciento cincuenta publicaciones, que van desde
modestos opúsculos a obras largas. Tan sólo en los aproximadamente diez años
desde su jubilación, en 1992, escribió unas cuarenta obras, sin contar
innumerables artículos, desde algunos académicos para revistas eruditas hasta
otros de divulgación para periódicos y revistas generales.
Schimmel nació en 1922 en Erfurt, ciudad natal de un
prominente maestro espiritual, el gran místico y profundo pensador del siglo
trece, el Maestro Eckhart. Sus inclinaciones místicas se manifestaron desde su
primera infancia, y lo hicieron bajo la forma de una profunda atracción por la
cultura oriental. En eso seguía la misma tendencia de los románticos alemanes
de los siglos dieciocho y diecinueve con su fascinación por el Oriente. Sus fuentes
de inspiración fueron el West-östlicher Divan de Goethe, la gran
adaptación de los poemas de Hāfez realizada por el gran poeta clásico, y
la obra del poeta Friedrich Rückert (1788-1866), cuyas traducciones de Rumi la
emocionaron profundamente.
A los 15 años, su sed de conocimiento del Oriente la llevó a
buscar un profesor de árabe. Éste no le enseñó sólo las complejidades
gramaticales del idioma, sino que la inició en la historia y la cultura del
Islam. Vivía pensando en sus clases semanales de los jueves, y ocultaba esta
dedicación a sus compañeras de clase, que nunca hubieran entendido por qué
estaba estudiando una lengua semítica, sobre todo teniendo en cuenta el clima
político de la Alemania de la década de los treinta.
Con los fantasmas de Goethe y de Rückert presentes, compuso
una serie de traducciones en verso al alemán de Rumi y del mártir sufí
Hallāŷ en la Navidad de 1940, en el marco de sus estudios, y completó
su tesis doctoral, asombrosamente, a la temprana edad de diecinueve años.
En 1941, pues, tenía su título de doctorado en mano pero, en
lugar de la universidad, fueron los servicios exteriores quienes la llamaron, y
la contrataron como traductora en noviembre de ese año.
A medida que los bombardeos sobre Alemania se iban
incrementando, al acercarse el final de la guerra, pasó a dedicarse a ayudar a
la gente necesitada, buscando supervivientes entre las ruinas humeantes de la
ciudad, y dando cobijo a los que se habían quedado sin hogar y sin techo.
Presentó su tesis post-doctoral el 1 de abril de 1945, y ese
mismo día enviaron, precipitadamente, a todos los de su oficina a una zona
rural en Sajonia, donde fueron todos capturados por los soldados
norteamericanos. Mientras tanto, su padre moría en Berlín en el fragor de la
batalla; como otros hombres, ya maduros, el gobierno le había hecho tomar las
armas en ese último y patético intento por defender la ciudad ante el avance
del ejército ruso.
Tras ser encarcelada una semana en un sótano, la
transfirieron a Marburg, ciudad universitaria, el mismo día de la capitulación
alemana. Allí, de forma inesperada, se halló encarcelada en el paraíso.
La internaron en uno de los dormitorios de la universidad, y
recibía para su sustento las escasas raciones suministradas por las fuerzas de
ocupación americanas. Pero, aprovechando las instalaciones universitarias, fue
capaz de sacar provecho de su obligada estancia. Causó tan buena impresión al
decano de la facultad de letras, el historiador de las religiones Friedrich
Heiler, que éste la invitó a quedarse trabajando en un puesto oficial en la
universidad. Su encarcelamiento se había convertido en una promoción en su
carrera.
Se encontró con la suerte de ser contratada por una de las
universidades más prestigiosas de Alemania, una institución que luchaba para
recuperarse de las cicatrices de la guerra —no de las físicas, como sucedía en
las grandes ciudades, sino de las ideológicas que tanto habían afectado a las
instituciones de enseñanza. Su honestidad y su tenacidad en el empeño la
situaron en una buena posición para aspirar a un puesto prestigioso, e hicieron
que la nombraran profesora de Árabe y Estudios Islámicos a la temprana edad de
23 años, siendo además la segunda mujer en ejercer en la facultad.
Heiler fue quien la inició en la aproximación fenomenológica
al estudio de las religiones, que ha constituido luego la base de sus análisis
de la doctrina y de la práctica sufí e islámica. También la benefició el que
éste fuera un defensor del papel de la mujer —le apodaban “el santo patrón de
las profesoras”. Fue también uno de los que primero propusieron la
incorporación de la mujer al clero luterano.
El trabajo de Schimmel junto a Heiler en historia de las
religiones, la llevó a contactar con los dos grandes estudiosos suecos de este
tema, Nyberg y Widengren; y finalmente, su participación en la primera
conferencia internacional sobre esta materia, que tuvo lugar en Amsterdam en
1950, le hizo conocer al gran Louis Massignon, experto en Hallāŷ y
promotor durante toda su vida del ecumenismo entre la Cristiandad y el Islam.
Entre tanto, había conseguido su segundo doctorado en
Marburg, sobre historia de las religiones. Aprovechando la conferencia
anterior, realizó un breve viaje a Suiza para ver a Fritz Meier, a quien
consideraba como “la mayor autoridad en el estudio del sufismo”; se hicieron
amigos íntimos, y esa amistad duraría hasta la muerte de éste, que tuvo lugar
tan sólo un par de años antes de la suya.
1952 fue su año decisivo. Por vez primera, podía visitar un
país que formaba parte del mundo que estudiaba, Turquía. El momento crucial de
su primera estancia fue, por supuesto, su peregrinación a la tumba de Rumi en
Konya, en la que finalmente pudo recrearse en ese lugar, santificado por la
presencia del maestro y poeta en cuyas obras había estado inmersa durante
tantos años.
“Tras experimentar la cálida amistad de la gente en todas
las facetas de la vida,” recordaba melancólicamente, “Alemania me pareció fría
y poco amigable.” Como resultado de esto, recordaba, “acepté con gran alegría
el ofrecimiento de la Universidad de Ankara para entrar en su Facultad de
Teología Islámica, de reciente creación, y enseñar en ella, en turco, historia
de las religiones, a pesar de ser mujer y cristiana.” Ocupó ese puesto durante
cinco años, e invitó a su madre a acompañarla en sus apasionantes visitas a los
paisajes de Anatolia y sus vestigios sufíes, existentes tanto en sus formas
tradicionales como en la vida moderna.
La incansable Schimmel se puso a traducir al alemán, en
verso, la obra Ŷāwid-nāma, del poeta persa-urdu Iqbal, y,
tras pedírselo sus amigos, la trasladó en prosa al turco, incluyendo unos
comentarios. Esto hizo que la invitaran a Pakistán en 1958, y fue el inicio de
la segunda pasión cultural de su vida.
Hizo unos treinta viajes a Pakistán, en los que desarrolló
una relación calurosa no sólo con sus gentes, sino con las instituciones
culturales y académicas, e incluso con el propio gobierno, lo que la hizo
merecedora de la más alta condecoración civil de ese país, la Hilal-i Pākistāni.
Es más, era frecuentemente invitada en la televisión, con lo cual se convirtió
en un personaje bien conocido del gran público. En 1982 era tal su popularidad,
que le dieron su nombre a una calle en Lahore.
En 1966 decidió aceptar una invitación para una estancia
prolongada como profesora en Harvard. Uno de los factores que la impulsaron a
aceptar fue el comentario que le hizo el jefe de su departamento en Bonn,
“Señorita Schimmel, si fuese un hombre, conseguiría usted una cátedra”.
Tuvo tanto éxito con sus cursos, que le ofrecieron, en 1970,
ser profesor titular de Cultura Indo-musulmana. Ocupó este puesto durante más
de veinte años, hasta su jubilación en 1992.
Disponiendo ya de la plena titularidad, adaptó el horario de
su programa, doblando el número de clases en el semestre de primavera, con lo
que se liberaba en el de otoño que compartía entre Bonn y la India.
Fue elegida, en 1980, presidenta de la Asociación
Internacional de Historia de las Religiones, y fue la primera mujer y el primer
islamólogo en ocupar dicho cargo. En 1992, pronunció el prestigioso curso
magistral Gifford Lectures en Edimburgo, que fue publicado en 1994 con el
título: Descifrando los signos de Dios: una aproximación fenomenológica al
Islam.
Fue una gran amiga del Aga Jan, y estuvo en contacto con el
Instituto de Estudios Ismaelíes de Londres, en el que impartió cursos de
verano. Actuó también frecuentemente como presentadora y moderadora en
numerosas conferencias organizadas por instituciones como la London School for
Oriental and African Studies, la Furqan Foundation y la Royal Asiatic Society.
Su obra maestra, sin igual en el tratamiento del sufismo
desde un punto de vista accesible a los legos, es Dimensiones místicas del
Islam, cuya primera edición es de 1975, y que ha sido reeditada en
numerosas ocasiones. Es además la autora de dos obras clave sobre Rumi, El
sol triunfal: un estudio de las obras de Ŷalaloddin Rumi (1978) y Yo
soy viento, tú eres fuego: vida y obra de Rumi (1992), y lo es también de
una traducción al alemán de los Discursos (Fihi mā fihi) del
maestro.
Su autoridad en temas relativos a la cultura y a la mística
islámicas, unida a su facilidad para comunicar a todos los niveles, queda
patente en un conjunto de trabajos únicos en este campo, como El ala de Gabriel:
Un estudio de las ideas religiosas de Sir Muhammad Iqbal (1963), Caligrafía
islámica (1970), El Islam en la India y Pakistán (1982) y Muhammad
es Su mensajero: la veneración por el Profeta en la piedad islámica (1985);
debe también destacarse un estudio literario único, tanto por su facilidad de
comprensión como por su estilo cautivador, Como a través de un velo: poesía
mística en el Islam (1982).
Sus relaciones con Turquía y Pakistán fueron especialmente
intensas, por lo que dejó numerosos discípulos entre sus estudiantes turcos y
pakistaníes, jóvenes en los que había fomentado el interés por los estudios
literarios del Islam en general y por el análisis de los clásicos sufíes en
particular. Era una erudita de cabeza a pies, pero abordaba estos temas como
una enamorada, con lo cual combinaba como nadie en su enfoque el rigor, el
lirismo y la humanidad.
Su punto de vista académico queda muy bien reflejado en una
de sus afirmaciones:
Cuando aprendí a utilizar el enfoque
fenomenológico de las religiones, que parece favorecer la comprensión de las
manifestaciones externas de las religiones y que guía poco a poco al buscador
hasta el corazón de cada religión, me convencí, y sigo aún convencida, de que
ese enfoque puede conducir a una tolerancia muy necesaria, sin necesidad de
perderse en peligrosos y desviados puntos de vista sincréticos que pretenden
borrar todas las diferencias.
Por otra parte, su visión de la vida queda de manifiesto en
su definición del tema central de su obra, que revela el espíritu siempre vivo
que la impulsaba:
El sufismo es tener alegría en el corazón en tiempos de
tribulación.
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